Hezbolá, en la encrucijada

"A estas alturas, está suficientemente claro que ha habido un grave error de cálculo por parte de los estrategas iraníes. El Estado de Israel no estaba abocado a su desaparición, como creían, sino que se ha mostrado mucho más poderoso que nunca"

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Manuel Martorell

Publicado el 01/10/2024 a las 05:00

La muerte de Nasrallah no es solamente un asesinato más en el marco de la nueva sangría provocada por el Gobierno de Netanyahu. Simboliza y personifica también el fracaso del Eje de la Resistencia y de sus aliados -Hamas, los hutíes de Ansar Alá (Partidarios de Alá) y los Guardianes de la Revolución iraníes- en su intento de inflamar Oriente Medio para destruir el Estado de Israel.

Hezbollah, con Nasrallah y el apoyo explícito de Teherán, había alcanzado en la región una influencia extraordinaria y formado uno de los ejércitos más poderosos, hasta el punto de creerse con la fuerza suficiente para enfrentarse a “la entidad sionista”. Hoy, la cruda realidad es que Hezbollah se encuentra solo, al pie de los caballos, sin que los demás integrantes del Eje de la Resistencia puedan acudir en su ayuda.

A estas alturas, está suficientemente claro que ha habido un grave error de cálculo por parte de los estrategas iraníes. El Estado de Israel no estaba abocado a su desaparición, como creían, sino que se ha mostrado mucho más poderoso que nunca, mientras la comunidad internacional y las potencias regionales se abstienen de participar en la escalada iniciada hace ahora un año con la matanza de jóvenes y familias israelíes.

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La tantas veces cacareada expansión del conflicto a todo Oriente Medio, como pretendía y sigue pretendiendo Alí Jameni llamando a la unión de todos los musulmanes contra Israel, no se ha producido. El genocidio ocurrido en Gaza no tiene precedentes; es incluso más grave que la “naqba” de 1948 y, sin embargo, la respuesta no ha sido la esperada. Ni siquiera han respondido los árabes israelíes –un 20 por ciento de su población total- ni masivamente los palestinos de Cisjordania, que sí participaron en las anteriores intifadas.

La explicación habría que buscarla, como ya ha denunciado el Gobierno palestino, en la indudable implicación iraní en esta crisis iniciada el 7 de octubre de 2023, una crisis que solo beneficia al radicalismo de Netanyahu y al régimen integrista de Teherán. En el Líbano, ninguna formación política importante se ha sumado a la lucha de la resistencia nacional contra la agresión israelí. Solo le siguen quienes apoyan, como Hezbollah, la candidatura a la Presidencia de Suleiman Frangie en un bloqueo político que dura dos años ante la incapacidad de lograr el necesario consenso. No se debe olvidar que el Líbano tiene su propio ejército, compuesto por más de 80.000 soldados. No han movido un dedo frente a los ataques israelíes sino, más bien, como los Cascos Azules, ha intentado frenar la belicosidad del partido chií.

En resumidas cuentas, el país está dividido en dos bandos: el respaldado por las fuerzas cristianas y drusas, en parte apoyadas por la minoría suní, y el frente liderado por el Partido de Dios, en el que se integran las organizaciones más cercanas al Gobierno de Damasco. Incluso entre quienes apoyan la línea prosiria y antisionista de Hezbollah han surgido voces que llaman a una salida negociada antes de aceptar el enfrentamiento bélico. La más destacada es la del partido Amal de Nabih Berri, presidente del Parlamento y principal rival de Nasrallah entre los chiíes libaneses. Otro ejemplo de esta compleja ecuación es la posición de los drusos, importante comunidad del Líbano pero también muy implantada en Israel y Siria. En este país vecino luchan contra Bachar al Asad; en Israel forman parte de las fuerzas de defensa.

Pese a sus duras declaraciones de condena, Rusia, verdadero poder dentro de Siria, ve con buenos ojos el debilitamiento de la estrategia iraní, su principal rival en el proceso de “colonización” que vive esta pieza clave en el puzle de Oriente Próximo. Durante años, los rusos han guardado un silencio cómplice mientras la aviación israelí destruía asentamientos iraníes en territorio sirio, incluso cuando estos destacamentos de Hezbollah, los Guardianes de la Revolución o de las milicias proiraníes se encontraban a solo unos metros de las bases rusas.

Por su parte, ni Jordania ni Egipto pero tampoco Arabia Saudí o Irak desean que el Estado de Israel sea sustituido por una sucursal del régimen de los ayatolás y no están dispuestos a pasar de las condenas formales a repetir las guerras regionales anteriores que siempre dieron la victoria al Ejército hebreo. Hezbollah se encuentra, por lo tanto, ante una trascendental encrucijada: o continúa siendo el peón de un Irán que, en la práctica, le ha dejado en la estacada, o se reconvierte en una fuerza política estrictamente nacional y libanesa, lo cual implicaría que, al menos de facto, abandonara el Eje de la Resistencia y su empecinamiento en rechazar la solución de los dos Estados –Israel y Palestina-, un rechazo en el que, paradójicamente, Hezbollah, Hamas e Irán coinciden con la política antipalestina de Netanyahu.

Manuel Matorell. Experto en política internacional y Oriente Medio

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