El tiempo a la fuga: el siglo de Zuzana Ruzickova

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Alfredo Arizmendi

Publicado el 29/09/2024 a las 05:00

El siglo XX se va borrando a nuestra espalda. Sin embargo, como en uno de los equívocos grabados de Escher, el siglo pasado está más próximo cuanto más parece alejarse. En la torturada Ucrania, los carros de combate apisonan hoy las fosas del Holodomor estalinista y del Holocausto nazi.

Hay un metrónomo oscuro en la naturaleza humana, que nunca se detiene, que de vez en cuando toma el mando y marca el paso hacia un destino cruel. ¿En qué momento las grandes tragedias se vuelven inevitables? ¿En qué momento el oscuro metrónomo es lo único que se oye, y ya no hay voz que pueda dar el alto en el camino al abismo?

Nunca nadie sabe cuándo está doblando la última esquina, aquella de la que no podemos volver. El siguiente fin del mundo no lo anunciará una cuadriga apocalíptica, sino un corresponsal cualquiera, con un micrófono en la mano en el noticiero de las tres. No le daremos mayor importancia. Una desgracia más, qué tiempos nos ha tocado vivir. Puede que de vez en cuando nos invada un cierto humor sombrío. Pero no nos fustiguemos. Al fin y al cabo, pobres sujetos sin capacidad de influencia, no podemos hacer nada.

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¿O quizá sí?

Hay un metrónomo luminoso en la naturaleza humana, que nunca se detiene, que muchas veces toma el mando y convierte a personas corrientes en individuos extraordinarios. Vasili Grossman hablaba de “la bondad insensata, la bondad de persona a persona, sin testigos ni grandes teorías”. Es la bondad del acto cotidiano frente a la pretensión del Bien Mayúsculo, que prometen en vano los sistemas políticos. Todos los sistemas, incluso los más sanguinarios, dicen buscar el Bien Mayúsculo ante todo y a toda costa. Todos los tiranos nos oprimen por nuestro bien.

La bondad insensata es la bondad de Alfred Hirsch para con los niños de Auschwitz, una historia preciosa de amor por la vida. La de Hirsch es una gesta hecha de mil actos heroicos de un joven atleta judío, que hizo menos penoso el paso de aquellos pequeños por el infierno, hasta su muerte, gaseados, en 1944. En la hora más oscura de la humanidad, Alfred supo crear un oasis de luz y protección, educando a unos chiquillos a sabiendas de que su destino final iba a ser la cámara de gas ¿Qué habrá más insensato, más bello? ¡Qué magnífica intuición la de un Alfred que niega a sus verdugos el sádico placer de verle muerto en vida, sin esperanza en el erial!

La clavecinista checoslovaca Zuzana Ruzickova le dedica algunos de los más conmovedores pasajes de su biografía (“One hundred miracles”, coescrita con Wendy Holden, y aún sin traducción española). Es un libro fascinante que apareció justo tras su muerte, en 2018. Zuzana sufrió los dos totalitarismos en carne propia. El fascista en Terezin, Auschwitz, Hamburgo y Bergen-Belsen. La opresión comunista vino después. A partir de los años cincuenta, desarrolló una apabullante carrera musical, con todas las opresiones inherentes al régimen, pero sin renunciar a su autonomía. Siempre se calificó como individualista y hasta su muerte se dedicó, además de a su música, a dar testimonio de lo vivido. Casi ochenta años después de acabada la segunda guerra mundial, estoy convencido de que su testimonio será el último.

El espíritu de un siglo no está ni en los sistemas ideológicos ni en los individuos que los manejan. El siglo XX no puede ser sólo un páramo de totalitarismos, dictaduras y conflictos. El auténtico espíritu del siglo está en sus víctimas; en sus testigos y en sus redentores. Aquellos que crearon belleza tras las carnicerías y el terror pagaron al siglo XX con el reverso de su siniestra moneda; también los que dieron testimonio de todo ello. También y, sobre todo, quien un día tuvo compasión del dolor ajeno. Se redimieron a sí mismos, a los que sucumbieron y en cierto modo nos redimen a todos.

Aprendamos que practicar la bondad insensata, modesta y sanadora, es preferible a ese Bien Mayúsculo que insisten en vendernos, y que tanta decepción y dolor ha causado. Así haremos nuestro ese siglo XX que se fuga, y también el siglo XXI, tan lleno de amenazas y penalidades.

Alfredo Arizmendi Ubanell. Licenciado en Medicina (UNAV) Licenciado en Odontología(UAX) Máster en Comunicación Científica (UPF)

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