El propósito no es cosmético ni coreográfico, es vertebral

Publicado el 11/09/2024 a las 05:00
Ser CEO de uno mismo es fundamental. Por ejemplo, en el desarrollo de competencias como la exigencia. Sin autoexigencia personal la exigencia al equipo tiene poco sentido e impacto. El líder está para multiplicar, para generar buenos resultados, para innovar y, sobre todo, para hacer crecer a la gente.
Liderar es importante, porque con mandar no es suficiente. Por eso las empresas necesitan a líderes que contagien, que inspiren, que cuiden y que emocionen. Y ojo con brillar. El ego y el elogio debilitan. El líder que se lo cree se convierte en un cangrejo, va hacia atrás. No a brillar, sí a iluminar.
Entonces, los buenos líderes, ¿lo son por naturaleza o han trabajado en sí mismos para poder serlo? Creo que un buen líder genera cambios; hace que las cosas sucedan; derriba muros y construye puentes; aúna mentes y corazones en un propósito común, y genera mundos de posibilidad en los que otros quieren estar. Sin embargo, es difícil liderar a los demás si uno no es capaz de liderarse.
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Pienso que a nivel corporativo es imprescindible vincular el liderazgo y el aprendizaje. En un mundo donde el CHAT GPT nos da todas las respuestas, la clave está en desaprender, volver a aprender, pensar y formular las preguntas claves. Pensar es un ejercicio personal e intransferible. Razonar es una actividad de equipo. La formación es una decisión corporativa, pero el aprendizaje es una decisión personal. Tu aprendes si quieres. A mi juicio, la clave para lograr dinámicas de liderazgo excelentes está en la ecuación de tres factores virtuosos: el liderazgo, porque no es suficiente mandar, el aprendizaje, porque no es suficiente la formación y el legado porque debemos entender que el propósito es un ingrediente clave.
La tecnología nos puede llevar por un camino ciego donde caen muchos en el mismo saco. Sin capacidad de diferenciación. La empresa sólo logrará diferenciarse (y como profesional) si piensa y se diferencia, de lo contrario caerá en el perverso juego del precio y siempre, siempre, siempre, habrá un chino que lo hará más barato. Entonces, sostengo que el pensar hace la gran diferencia.
Las organizaciones deben entender que deben ser ecosistemas virtuosos de aprendizaje, no de formación. Y el pensar siempre es un ejercicio de búsqueda de salidas entre dudas, entre interrogantes, entre incertidumbres, más aún en estos tiempos tan convulsos y complejos. Y ojo, tenemos un overbooking de gente experta, necesitamos más gente sabia a quién admirar. Gente humilde, sencilla, sin ataques de importancia, que conmueva, de quien aprender, auténtica, genuina, cálida, inolvidable, entrañable, a quien mirar, seguir y admirar. No a la vana pompa, a la retórica presuntuosa al relato construido desde la arrogancia insolente. Los imprescindibles son los líderes que enseñan con sus actos, con su coherencia más que con sus informes, sus Kpis, sus discursos o declaraciones. Hay empresarios y directivos que ocupan puestos de responsabilidad y de dirección que tienen quizá mérito empresarial, pero que no son ejemplares, ni ejercen un liderazgo maravillosamente imperfecto y sobre todo transformador. Jefes hay muchos, y algunos se dedican a exprimir el talento de la gente, a exprimir sus autoestimas, incluso sus relaciones familiares, los escasos destellos de felicidad y hasta ganas de vivir, a veces. El liderazgo transformador inspira, cuida y potencializa el talento de las personas.
La verdadera estrategia, la más auténtica, la más genuina, la más exitosa, la más virtuosa, la más poderosa son las personas. Y no hay más. Y digo esto para quien se haya olvidado que una empresa no es un negocio, es una comunidad de profesionales, en pos de un propósito común, y con una cuenta de resultados positiva. Por eso es que sostengo que dirigir no es liderar. Son dos cosas diferentes. El que dirige va marcando la ruta y va respondiendo al “cómo”, pero el líder responde al “por qué”. Y el propósito no es cosmético, no es coreográfico, ¡no, no! El propósito es vertebral para la buena toma de decisiones, para alimentar el compromiso, para construir un relato épico que permita compartir, para contribuir (quizá la palabra que más se acerca a propósito) Siempre que la empresa esté contribuyendo (o cada uno profesionalmente de manera individual) compartiendo algo que puede ser de ayuda para los demás, estará siguiendo su propósito y alimentará un buen legado, que no es otra cosa que el resultado o la materialización del propósito empresarial.
Esto es lo que le da sentido y valor a su por qué. Las empresas y los profesionales no debemos obsesionarnos con el propósito, pero sí enfocarnos en que todo lo que hagamos esté orientado a contribuir, aunque sea de forma muy sencilla, a hacer de este mundo un lugar mucho más justo, más humano y mejor.
Roberto Cabezas Ríos, Top 3 HR Influencers in Spain 2023, Expert in Higher Education Management, Universidad de Navarra