Ante el nuevo curso político

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Víctor Manuel Arbeloa

Publicado el 10/09/2024 a las 05:00

El panorama internacional sigue siendo muy triste: siguen y arrecian las mismas guerras; resisten las varias dictaduras hispanoamericanas; triunfan los golpes militares en África y Asia; amenaza la candidatura de Trump… La Unión Europea, en una nueva legislatura, no sabe qué hacer con su primer problema interior y exterior, que son las inmigraciones.

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En España, sobre el ominoso acuerdo PSC-ERC, regresivo y antifederal, que nos trae al estricote, del que hablé en mi artículo anterior, baste repetir lo que declaró Josep Borrell, poco sospechoso de anticatalanismo y antisanchismo: “El pacto entre los socialistas y ERC asume “post mortem” el relato del procés, y un cambio de paradigma en el sistema de financiación”, al que tilda, con razón, de “confederal”, y no de federal, como repiten ciertos comentaristas, entre ignaros y pillos. Y todo por la puerta de atrás, como hicieron con el Estatut de 2006, queriendo ahora cambiar la historia de toda una nación secular, su Constitución democrática y autonomista, a través de un pacto forzado e interesado entre dos partidos regionales, en un cabo de la “Península”, y en una comunidad del “Estado”, que uno de los protagonistas intenta destruir. Caso único en el mundo. Si el nefando acuerdo, mucho más que un pacto fiscal, tiene alguna viabilidad -espero que no-, no tardarán Bildu y el PNV en exigir la parte del desaguisado que les toca, lo que arrastrará al endeble PSE y, colateralmente, al PSN, más débil que nunca, lo que hará reaparecer en Navarra el fantasma real que nos visita desde 1981.

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Toda la vida política española está montada sobre un engaño perenne, que es toda una trampa y un trampantojo. Mientras a cada paso se señala y se arremete contra la ultra-derecha (más allá de…), se suprime el nombre de ultra-izquierda y hasta de extrema izquierda, con esa perla de “la izquierda a la izquierda del PSOE”. Qué ilusión y qué mandanga. Aun a pesar de tener que volver a tan caduco como in-significante vocabulario, aquí hay una extrema derecha, bien conocida, y una extrema izquierda (comunista, anarcoide, antisistema…) en partidos de nombres diversos, que se esconden bajo las máscaras de nacionalismo, populismo, ecologismo…, alguno de los cuales ha llegado a ser socio, o, como dice Ignacio Varela, “acreedor” del mismísimo Gobierno nacional. Lo primero que intenta derribar el progresismo oficial es el lenguaje, y con él la Real Academia Española: por real, por academia y por española.

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Quién nos iba a decir, hace unos años, que la Monarquía constitucional de aquel niño, llamado Felipe, iba a ser, con mucho, la institución más ejemplar, y por eso mismo más apreciada por el pueblo español, reforzada por la actuación inteligente de la reina y por la esperanza, ya hecha presente, de la heredera, mientras el resto de instituciones se tambalea en manos de políticos partidistas, de medio pelo, y sumisos a la voz del “p… amo”.

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En Navarra, ya es hora de elogiar públicamente el comportamiento de las agrupaciones del PSN-PSOE de Estella, Barañáin -de las cuales podría preciarme como prefundador-, Egüés y Sangüesa, por sus acertadas decisiones en momentos decisivos de la legislatura, en los que demostraron su lealtad constitucional, su valentía y su sentido común, que hoy es más que nunca el menos común de los sentidos. Sin envidiar contraejemplos cercanos, que pasarán a la historia de la infamia por su cruda vileza y su programada perversión.

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Conmueve, la verdad, el fervor airado con que los llamados partidos de la Izquierda Confederal (y, cuando sea posible, separatista) en Navarra, defienden el sistema foral de nuestro viejo Reino, si alguien por ahí fuera, a ser posible del PP o de VOX, cacarea o gallea algunas pachochadas sobre aquel, cuando ante otras baladronadas mucho más graves de los herederos de ETA se callan como muertos. O se muestran impasibles, cuando comilitones de su color y su calor, a los que bailan el agua a todas horas, intentan quebrar la igualdad constitucional, que nos constituye como nación, y la solidaridad institucional, que nos sostiene y nos hace posible gozar de nuestros fueros originarios.

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Pero todos estos puntos importantes me parecen de lujo en comparación con realidades tan elementales y acuciantes como el feminicidio creciente, los altos precios de los alimentos, la carestía de la vivienda, las colas en los Bancos de Alimentos, la inmigración desbordante y la caótica política de acogida, la falta de ayudas a las mil dependencias, las eternas listas de espera, la barbarie impune en las redes sociales, los odios entre políticos… Lo que diríamos: la “baja política”, la política de cada día. ¿Quién de los privilegiados se empeña por ella? ¿Quién de nosotros la vive con la misma pasión con que vivimos la llamada “alta política”?

Víctor Manuel Arbeloa. Escritor

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