Cuando el catalán Yamal se entiende con el navarro Williams

Actualizado el 05/09/2024 a las 00:01
Entro a un vestuario deportivo y observo en cada esquina piernas ortopédicas apoyadas en el banquillo. Al rato llegan de las duchas dos atletas desplazándose a saltos con su única pierna de carne y hueso. Se colocan la pierna, se visten y se marchan como si tal cosa. La escena hay que fecharla hace años, en los tiempos en los que no todos los estadios habían adaptado sus servicios a las necesidades de deportistas paralímpicos. Desde ese momento, comprendí que el término minusválido estaba mal aplicado a personas aparentemente más válidas.
Por eso, cuando ese 50 % de la población que no practica deporte pregunta en los años olímpicos qué aporta al progreso de la humanidad que un tipo pueda superar un listón a 6,25 metros del suelo con una pértiga, contesto que la respuesta la podrían encontrar en los otros Juegos, en los Paralímpicos, donde personas amputadas de sus extremidades son capaces de llegar al borde de una piscina y lanzarse al agua a competir.
Los Paralímpicos me suelen conducir a Saint Exupéry cuando afirma que el ser humano se descubre cuando se mide con el obstáculo y fortalece su voluntad. Pero sería necesario precisar que más que el deporte competitivo lo que verdaderamente produce dividendos de bienestar y salud suele ser el ejercicio físico bien controlado.
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Hablamos de actividad física como una terapia de ánimo y tesón para sanar que tiene en cuenta, como en los Paralímpicos, la totalidad del cuerpo. como una medicina poderosa que a los discapacitados nos hace algo más capacitados desde el punto de vista cardiovascular, de la movilidad, la fuerza, el equilibrio, la resistencia y hasta el humor, el optimismo, la sociabilidad y la dureza mental.
Desde hace años, es una verdad científica que la práctica física libera serotoninas, oxitocinas, dopamina y endorfinas que nos hacen la vida más agradable. Aunque podríamos hablar desde la historiografía de Richard Mandell o desde el estudio de los orígenes del término deporte de Maximino Trapero, que en la voz deporte entra todo, lo bueno, lo malo y lo regular.
Pero quedándome con lo bueno, observando la actividad deportiva como el gran fenómeno de masas del siglo XX y XXI, echando un vistazo a un verano con tantos vítores de goles en la calle, con títulos absolutos en fútbol, en tenis y en Juegos Olímpicos y Paralímpicos -esas cosas sencillas que hacen feliz a mucha gente- resulta que comprobamos que el deporte no discrimina, es menos racista y es más plural que la sociedad que lo contempla.
Este verano ha descubierto que la mezcla, y no la pureza, nos hace ganadores. Con silla de ruedas, con prótesis, con distinto color de piel, origen, sexo o religión, resulta que en equipo somos válidos y capaces de alcanzar cotas más altas de progreso y resultados.
Que el acuerdo y la cooperación entre gente diferente produce enormes dividendos es algo que anticipó el nobel Nelson Mandela acercando la sociedad negra al rugby, el deporte de los blancos, y ganando la Copa del Mundo. Contemplando el deporte como diagnóstico social, reconozcamos que este verano nos ha hecho duales, más receptivos al mestizaje, sobre todo recordando lo bien que el catalán Yamal se entiende con el navarro Williams. Sin olvidar que en deporte ya empezamos a hablar de gentes que saben lo que es venir de abajo. Los de la España sin papeles.
Para horror de políticos profesionales del enfrentamiento, el espectáculo deportivo ha producido una alta satisfacción y disfrute en la ciudadanía porque descubrimos que hay referentes sociológicos que sí saben colaborar en lo suyo y, por otro lado, se ha puesto de manifiesto que una identificación con la Roja en fútbol o en waterpolo resulta compatible con ser catalán o de origen marroquí, algo que se le hace bola a más de uno y que para otros representa un futuro con perspectiva de un mundo mejor. Y el valor de la suma de diversidades.
Gabriel Asenjo. Doctor en Ciencias de la Información