"Los Sanfermines, que son todos de alguna manera el mismo, hacen posible el milagro de creer en la eternidad de nuestras felicidades y enlentecen el paso del tiempo"

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Chapu Apaolaza

Actualizado el 03/09/2024 a las 23:05

Se nos ha ido Conchita -Pablo Romero, cuál va a ser-, en un septiembre brutal, hecho de esperanza inversa. Los seis de julio nos reuníamos en su casa a celebrar mi cumpleaños y a escuchar las mismas historias, por ejemplo, la que narraba cuando mi padre y Alvarito Navarrete vinieron a San Sebastián hechos un Cristo y me pusieron Francisco Fermín de nombre. 

Hacíamos siempre las mismas cosas como si consiguiéramos vivir el mismo día cada año: el aperitivo por ahí, las bromas con Alvarito, los chicos que llegaban tarde porque tenían barra en la peña, la siesta, descoyuntada, en el sofá antes de irnos a los toros. 

Los Sanfermines, que son todos de alguna manera el mismo, hacen posible el milagro de creer en la eternidad de nuestras felicidades y enlentecen el paso del tiempo. Del chupinazo al pobre de mí, en la moviola de las fiestas se establece un continuo temporal coherente en el que las cosas permanecen en contra del paso de los años, las enfermedades y el resto de avatares de la vida. 

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Si contamos solamente lo que sucede en esos ocho días, en cincuenta años habrá pasado solo uno y así, todos los seis de julio parecerán ayer. 

Eso, hasta que falta alguien y no estamos todos, y entonces se quiebra la condición para que obre el milagro. Enfrentados a la ausencia, volvemos a entender que somos mundos que se tambalean, neuronas que desisten, cuerpos cansados que se gastan, se hacen torpes, que se extinguen y que algún día se acaban derrotados a merced del tiempo y sus compinches. 

El tiempo termina con todos los mundos, incluso con cosmologías como la de Conchita, ácida, divertida, relativizador por norma de de lo grandilocuente, elegante por tanto y ligera como un sol de invierno. Cada año, yo miraba una fotografía suya que le hicieron de jovencísima. 

Sonreía desde la borda de un velero con un chaleco salvavidas rojo, en una escena saturada de una luz clarísima como su pelo. Cada vez, aquella de la foto se iba haciendo más niña, como si fuera alejándose de la persona del otro lado del espejo. Me hubiera gustado que Conchita siguiera instalada en el barco de vela del marco de fotos que es donde se resguardan las juventudes y las niñeces antes de que venga la tempestad y nos haga jirones las velas como hoy nos ocurre.

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