"Estuve en las fiestas del Torico de Chiva, en Valencia, gracias a uno de esos madrugones lisérgicos que uno se pega para viajar"

Publicado el 21/08/2024 a las 05:00
Estuve en las fiestas del Torico de Chiva, en Valencia, gracias a uno de esos madrugones lisérgicos que uno se pega para viajar. Los amaneceres camino de un encierro son los mejores y en esas auroras por la carretera, entre la ilusión y la jindama de ir a ponerse delante del toro, entra uno en estados de percepción alterada de la realidad. Hay cosas que hay que hacer sin dormir. En Chiva viven, como en Lodosa, la tradición milenaria del toro enmaromado. Lo corren por delante con una cuerda más corta que la mecha de un petardo y lo atan en las puertas de las casas como un portador de fecundidad. Hace siglos que el toro bendice nacimientos y cosechas en la vejez de un verano que pronto se echará a morir allá lejos. Se rehace el eterno rito mitraico del toro cuya sangre derramada permite lo fértil. Después, Marcial saca la dulzaina en una desritualización en la que los chicos alzan torres de cuerpos, bailan en corro y montan unas fiestas ‘tecnoponcistas’, intensas y sofisticadas como de Paolo Sorrentino en la Roma ‘La gran belleza’. Cuando el toro está en la calle, las puertas del pueblo están todas abiertas, y lo lían en el pestillo del portón que allí se llama ‘falleba’. Mi amigo Javier anda preocupado porque están cambiando las puertas tradicionales del pueblo. Ser humanos consiste en poner en juego las cosas que deberían importante mucho -la vida-, y proteger a toda costa otras que podrían parecer accesorias. De pronto, yo me encuentro preocupado con él por las puertas de las casas de Chiva y me posee un espíritu taciturno y sombrío ante el riesgo de que el mundo -ese mundo al menos-, estuviera en riesgo. El ser humano es por naturaleza arbitrario en sus querencias, pues si no nos programarían máquinas de una empresa de Sillicon Valley con pingpones en la oficina, y por eso vamos por las callejas delante de la cuerda, a punto de partirnos la madre. Baja el toro detrás de nosotros como por un tobogán de gritos, de curvas, empujones y apreturas que ponen el corazón a bailar ‘La Muixaranga’. Jadeando detrás de la esquina como si respiraras fuego, te das cuenta de que eres feliz y de lejos sonríes a Javier en la comunión de la que solamente son capaces dos amigos que corren juntos un toro.