"No está bien visto andar con las manos en los bolsillos en esta sociedad productivista donde prima la ganancia, donde cada movimiento debe estar orientado a dar en el blanco"

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José María Romera

Publicado el 17/08/2024 a las 05:00

En una de las muchas imágenes dejadas por los Juegos Olímpicos que se han hecho virales, pudimos ver a un competidor de tiro con pistola que se distinguía de sus rivales por su apariencia sencilla. Se llama Yusuf Dikec y ganó la medalla de plata de su especialidad disparando al blanco de forma diferente al resto de tiradores. 

Mientras los demás se servían de unos sofisticados equipos ópticos de precisión y adoptaban la postura tensa del felino al acecho, él apuntaba a través de unas simples gafas de ver y en el momento del disparo tenía la otra mano metida en el bolsillo del pantalón. 

Había algo notable en esa imagen. Hemos visto atletas cuyas expresiones reflejaban todas las variantes de la tensión deportiva. Los hemos visto concentrados y abstraídos, excitados y rabiosos. Hemos leído en sus caras la ambición y la furia, el esfuerzo y el pánico, el éxtasis y la desolación. 

Pero ninguno transmitía la despreocupación de quien lleva las manos en los bolsillos como si la cosa no fuera con él, como si más que un competidor fuera un paseante ocioso, un flâneur despistado que pasaba por ahí y probó a pegar unos tiros no en el foso olímpico sino en una barraca de feria. 

No está bien visto andar con las manos en los bolsillos en esta sociedad productivista donde prima la ganancia, donde cada movimiento debe estar orientado a dar en el blanco, a obtener resultados, a invertir toda la energía en la búsqueda de beneficios.

 Andar contemplativamente con las manos en los bolsillos es un signo de disidencia contra una cultura del éxito que exige dinamismo por encima de todo, pero si además lo haces en plena final olímpica -el no va más de la competitividad, no se olvide- tiene algo de simpática chulería que pone en solfa los mecanismos y los mitos de la acción. 

Pero el caso es que Yusuf Dikec terminó subiendo al pódium, lo cual significa que compitió al máximo nivel. Quizá sea esta la lección, para el deporte y para la agobiante vida moderna: no entregarse a la presión extrema, sino equilibrar las dosis precisas de tensión y relajación, de nervio y aplomo, de concentración y distanciamiento irónico. Con media mente apuntando con fijeza al objetivo, y con la otra media desentendiéndonos de él, no vaya a ser que nos devore.

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