Siete a cuatro

Publicado el 03/08/2024 a las 05:00
La justicia está perdiendo atractivo y emoción. El ciudadano medio que nunca se haya rozado con ella puede tener una imagen suya más o menos coincidente con su estereotipo universal: una matrona imparcial y serena, con los ojos tapados –para no inclinarse a favor de nadie–, cuyas manos sostienen una balanza y una espada –símbolos de equidad al dictar la sentencia y de efectividad al aplicar la justicia–. La realidad, sin embargo, seguramente ha sido algo diferente desde que el mundo es mundo y no digamos desde que existen tribunales, jueces, letrados, fiscales, secretarios, peritos, archivos, nombramientos, sustituciones, ascensos, traslados y el sinfín de circunstancias que pueden influir en que, al final, la pelota caiga a éste o al otro lado de la red.
En el fondo, toda actuación de la justicia tiene algo de combate entre las partes o, en términos deportivos, algo de partido de la reciente Eurocopa. España, batiendo no sé cuántos récords, ganó todos los partidos disputados y se proclamó campeón de Europa. Pero eso lo supimos después. Cuando empezó el torneo, quizá pudiera parecer predecible la victoria sobre Georgia, pero ninguno de los tres últimos partidos ofrecía indicios suficientes como para dar por hecho desenlace alguno. De ahí la expectación y la emoción con que se vivieron.
Pues un poquito de eso creo yo que hay en la justicia. Con frecuencia, un proceso es como una partida entre dos. O mejor, de uno ‘contra’ otro, tal como vemos en el cine que se hace en el mundo anglosajón: Mulligan vs. McGregor o el Estado vs. Murphy. Y siempre, cuando se inicia un juicio, el resultado, como en los partidos contra Alemania, Francia o Inglaterra, es incierto. Porque, tanto en un caso como en otro, si los resultados fueran matemáticamente previsibles ¿qué sentido tendría jugar los partidos o incoar los procesos?.
Bueno, pues esa tensión de la incertidumbre es posible que se siga manteniendo en los tropecientos mil asuntos ordinarios que viene tratando la justicia cada día, donde, a pesar de estar uno convencido de tener toda la razón, teme que puedan llegar a torcérsele las cosas o, por el contrario, aun estando alguien seguro de tener todas las de perder, mantiene la esperanza de que quizá puedan arreglársele un poco y salir mejor de lo esperado. Eso es posible, repito, en los asuntos ordinarios. Pero lamentablemente ya no tanto en algunas de las grandes causas que afectan a próceres de la sociedad, en las que se dilucidan cuestiones que en último término nos conciernen a todos los ciudadanos y en las que tristemente ya no hay tanta incertidumbre porque se sabe cómo van a acabar.
A los golpistas de Cataluña se les ha concedido una amnistía de amplio espectro, redactada ad hominem por los mismos delincuentes beneficiarios y además se les han cancelado prácticamente los delitos de malversación, prevaricación, sedición, terrorismo, etc., etc. para dejarlos limpios para siempre de toda responsabilidad. La contraprestación la conocemos todos: los 7 votos de Junts que le garantizan a Sánchez seguir pernoctando en la Moncloa. ¿Algún recurso? ¿Para qué? Acabarían todos en el Tribunal Constitucional y todos podemos presumir el resultado: 7 a 4.
Un efecto colateral de tal actuación, ha sido el que de repente la panda de responsables de los falsos ERE de Andalucía –el mayor caso de corrupción de la historia–, se ha visto exonerada de toda imputación y ha salido en libertad a la calle. Con ello, en expresión de El Debate del pasado día 17, “el PSOE se ha indultado a sí mismo”. Y ¿cómo lo ha conseguido? Pues jugando el partido en la misma cancha de siempre, donde ha vuelto a ganar por 7 a 4.
Pedro Sánchez manifestó alguna vez (hace falta ser narciso para decirlo) que pasaría a la historia “por haber exhumado al dictador del Valle de los Caídos”. Pero se equivocaba. Los grandes hombres como él hicieron muchas cosas importantes, pero pasaron a la historia por unas pocas palabras. A Napoleón, que casi conquistó Europa, se le recuerda por su aviso: “María Luisa, vísteme despacio que tengo prisa”. A Ortega y Gasset, gran filósofo que escribió docenas de libros, se le cita sobre todo por haber dicho aquello tan profundo de “no es esto, no es esto”. Con más concisión todavía, a Sánchez se le recordará por su célebre “pues eso”, con el que dejó claro que el fiscal general estaba a sus órdenes y con el que no es necesario explicar que, con el 7 a 4, el Tribunal Constitucional también.
Con ello, la incertidumbre ha desaparecido y la justicia se ha vuelto más aburrida. Ya no hay emoción, porque el resultado está cantado: Sánchez 7- España 4 (ó 5 tras el último nombramiento, qué más da).
Ignacio Janín Orradre. Licenciado en Derecho