"Asiron pretextó cansancio, aunque todos sabemos que la verdadera razón radica en la alergia de los nacionalistas a festejar los éxitos de España"

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Manuel Sarobe

Actualizado el 25/07/2024 a las 23:28

Una de las virtudes que atesoran los grandes países es su predisposición a rendir homenaje a los mejores de entre los suyos. “La nación que no honra a sus héroes, pronto no tendrá héroes a los que honrar”, sentenció Churchill. En España no somos especialmente aplicados en esta materia.

Me viene a la cabeza esta reflexión al hilo de la despedida que Pamplona brindó al irrepetible -con permiso de su prometedor hijo Guillermo- Pablo Hermoso de Mendoza, el navarro que revolucionó el toreo a caballo colándose en el desempeño de un arte que parecía reservado a las sagas de rejoneadores andaluces con apellidos de tronío. Me pregunto si estuvimos a la altura. Y es que, más allá del emotivo canto a los sones del mariachi, una placa colocada en el inaccesible patio de caballos de la plaza se antoja escaso premio para el jinete estellés comparado, por ejemplo, con la medalla de oro de la ciudad que recibió en su adiós de las arenas de Bayona de manos de su alcalde.

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Su caso no es el único. Ahí tenemos al canónigo y exmaestro de capilla Aurelio Sagaseta que, tras 61 años de fructífero magisterio -el más largo del que se tiene conocimiento en la catedral de Santa María-, continúa incomprensiblemente olvidado por las instituciones navarras. El premio Príncipe de Viana tiene como fin “el reconocimiento de las tareas llevadas a cabo por personas o instituciones relevantes, con especial vinculación con Navarra, en cualquiera de los ámbitos de la cultura, bien sea mediante el ejercicio de la creación, el estudio o la investigación, bien mediante tu promoción y fomento”. Las bases parecen redactadas para el sabio ittundarra, cuyo único problema sería condensar su abrumador currículum en el texto de 600 palabras que ha de recoger los méritos del postulante.

Aquí contamos con otras maneras de distinguir a los mejores, como lanzar el Chupinazo del 6 de julio, aunque es poco probable que un alcalde de Bildu nomine como candidatos a semejante honor a personalidades ligadas a la tauromaquia o a la Iglesia, por mucho que lo merezcan. Este año, Pablo sí tirará, en cambio, el cohete en su Estella natal, por decisión de su regidora.

Pamplona tampoco ha homenajeado a nuestros héroes de la reciente Eurocopa; Álex Remiro, Mikel Merino, que nos dejó frente a Alemania un testarazo para la historia, y Nico Williams, autor de uno de los goles de la final que nos llevó a la gloria. Asiron -que se escondió en el Pobre de Mí, huyendo de la más que previsible pitada- pretextó cansancio, aunque todos sabemos que la verdadera razón radica en la alergia de los nacionalistas a festejar los éxitos de España, a pesar de la decisiva contribución de vascos, navarros y catalanes a la gesta patria. Otro gallo cantaría si los futbolistas representaran al “Estado vasco de Navarra”, penúltima ocurrencia del jatorra, que evidencia lo absolutamente perdidos que andan los abertzales sobre lo que quieren ser de mayores.

Tampoco es de extrañar que el bildutarra eludiera valorar la pancarta de “Puta España, puta selección” con la que las batasunizadas peñas dieron la única nota discordante en un país desbordado por la alegría. Estaría bien que este colectivo superara su adicción a la política, que no hace sino ensuciar el buen nombre de nuestros universales Sanfermines.

Y Joseba Asiron Sáez -ese primer edil sectario con el que nos han castigado los socialistas- debería esforzarse, a su vez, en ser el alcalde de todos, en lugar de ejercer únicamente de alkate de los bildutarras de Iruña.

Hay, con todo, algo todavía peor que no rendir honores a quienes acumulan sobrados méritos para ello, como es honrar a los que no se lo merecen. En eso sí que somos expertos, como lo prueban los “ongi etorris” en los que los delincuentes más abyectos desfilan por sus localidades natales aclamados por sus vecinos, niños incluidos.

La peña Armonía Txantreana ensalzó por su parte a Patxi Ruiz, asesino de Tomás Caballero. No estaría de más que algún año Oberena recordara en su pancarta a quien fuera su presidente, pues digo yo que si un homicida logró ser homenajeado, con mayor razón debería serlo su víctima, un incansable luchador por la democracia y la libertad. Vivimos en una tierra en la que lo insólito parece normal, y viceversa.

La vida nos da la posibilidad de optar entre lo bueno y lo malo. Si quieren divertirse, bajen a Tudela por Santa Ana donde, además de unas extraordinarias corridas, encontrarán fiesta, y solo fiesta. Si les va más el odio, diríjanse al norte y participen en el “Tiro al fatxa” o en el “Día del inútil” que apadrinan los amargados socios de María Victoria Chivite Navascués. Navarra, tierra de diversidad.

Manuel Sarobe. Notario

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