7 de julio, calle Curia

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Manuel Sarobe

Publicado el 12/07/2024 a las 05:00

Hace años que los herederos de ETA, únicos responsables de la politización de las fiestas, fieles al viejo lema de “Jaiak bai, borroka ere bai”, han hecho del paso de la procesión del 7 de julio por la calle Curia el acto central de sus particulares Sanfermines. Las agresiones -físicas y verbales- a los corporativos regionalistas son una muestra más de la endémica inquina que los abertzales profesan por quienes no comulgan con sus ruedas de molino. Hay que reconocer, no obstante, que, con el paso del tiempo, estos odiadores han ido evolucionando. En los años de plomo abogaban por la eliminación física del adversario. A Tomás Caballero, sin ir más lejos, le pegaron tres tiros y lo enviaron directo a Berichitos. Con su hija María son más indulgentes. El día del Santo Patrón tan solo la zarandean, escupen o insultan, en función de lo que la superioridad ordene, infligiéndole un dolor que se suma al provocado por la pertinaz negativa de Bildu, con Joseba Asirón al frente, a condenar en sede municipal el crimen que la dejó huérfana.

Tras dos años en los que los proetarras desataron una violencia extrema, tocaba ahora cierta contención. Había una buena razón para ello. Los sumisos concejales socialistas cumplieron disciplinadamente la orden de Ferraz de entregar la vara de mando capitalina a Asirón en cuanto Bildu presentó al cobro la letra emitida con ocasión de su apoyo a la investidura de Sánchez. En su vano intento de justificar tamaña infamia, los socialistas nos vendieron el compromiso arrancado a los radicales vascos de pacificar los Sanfermines.

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Los abertzales se obligaban así a respetar la ley de símbolos en el Chupinazo. No debió resultarle nada fácil a nuestro pequeño Hannibal Lecter desistir de imponer de nuevo a mordiscos la bandera de la Comunidad Autónoma Vasca en el balcón municipal, pero el hecho es que cumplieron.

Quedaba lo de la calle Curia. Estaba descontado que el acoso abertzale se atenuaría, pero sin llegar a desaparecer, pues Bildu jamás renunciará a recordarnos que la calle es suya. Y es que ha de quedarnos claro que si vivimos sin sobresaltos no es porque tengamos derecho a ello, sino porque los batasunos, magnánimos, nos conceden esa gracia. Emulan a la perfección a ese matón que atemoriza a sus compañeros de clase que compran la paz sometiéndose a los dictados del abusón. Este año, en suma, tocaba intimidar, “ma non troppo”.

Bildu enmarca cuanto acontece en la calle Curia en la “crítica política”. Animo a esos “valientes” amparados en la impunidad de la masa a elaborar algo más esa supuesta crítica. Seguro que alguno de ellos, con nombre y apellidos, es capaz de juntar unas cuantas frases explicándonos qué pretenden exactamente cuando vomitan, enfermos de rabia, “UPN kanpora!”. ¿Expulsar acaso de la vida pública al partido más votado por los pamploneses, negando así la soberanía popular?

Los carteles electorales deberían ser un fiel reflejo de lo que cada formación representa. Sugiero que Bildu sustituya la foto de sus candidatos por la que inmortaliza al esbirro con la cara desencajada por el odio que extiende su brazo con el dedo corazón enhiesto al paso de los ediles de UPN. Porque Bildu es exactamente eso.

Apena comprobar que hay quienes, aquejados del síndrome de Estocolmo, se muestran encantados con lo sucedido este 7 de julio. Un medio local se felicitaba de que la convivencia hubiera regresado a la calle Curia. Convivir, según la RAE, significa coexistir en armonía. Me pregunto si el agónico ascenso de los corporativos regionalistas hacia la catedral encapsulados por la policía que los protege de la manada que, puño en alto, los increpa, es convivencia. Los hay definitivamente venidos a este mundo a vivir arrodillados. No es mi caso.

No olvidemos que la alcaldía capitalina la ostenta una coalición con tics tan profundamente antidemocráticos merced a los pardillos que en las pasadas elecciones locales confiaron en una Elma Saiz que -palabra de socialista- juró y perjuró que eso no sucedería jamás. Hay que tener cuajo, por cierto, para presentarse el 6 de julio en el Ayuntamiento después de la que lio.

Me pregunto si el PSN ha calibrado suficientemente las consecuencias de esa decisión. En Pamplona los socialistas están sumidos en la más absoluta irrelevancia pues ni gobiernan, ni son oposición. Es sintomático que en las pancartas de las peñas iruindarras, cuyo protagonismo se reparten -en el sentido esperado- Asirón e Ibarrola, no haya el menor rastro de ellos. “Hay solo una cosa peor que hablen mal de ti, que no hablen de ti”, dijo Óscar Wilde. Y eso, como augura ya alguna encuesta, es lo que previsiblemente sucederá también en el Parlamento foral. Los socialistas van camino de ser devorados por el monstruo que ellos mismos han alimentado. Intuyo que no hay capotico de San Fermín que les libre de la debacle por la que con tanto ahínco han trabajado.

Manuel Sarobe. Notario

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