"El hervidero de turistas es asombroso en una ciudad donde todos lo somos un poco, porque nos pasamos toda la vida estando de paso"

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Juan Gracia Armendáriz

Publicado el 30/06/2024 a las 05:00

El barrio en el que vivo es una isla. Una elevación delimitada por dos calles que convergen en un Corte Inglés. Es una porción de tarta a donde no llega el griterío de Malasaña, ni los hormigueros de Plaza de España o Gran Vía, tan cerca y tan lejos. Los vecinos que se han criado en el barrio jugaban al fútbol en la Plaza de las Comendadoras, donde está el convento más grande de Madrid, decorado por las micciones de los grafiteros, limpiadas sin mucho éxito por los servicios municipales. Mis amiguetes del barrio viven en las mismas casas donde lo hicieron sus padres; sus abuelos no, llegaron de Asturias, Galicia o Andalucía en los años cincuenta. Cuando llegué aquí era un barrio de Pepe Gotera y Otilio, pero ahora hay tiendas de ropa tan espantosa como carísima, librerías y galerías de arte. Han llegado parejas de extranjeros con niños pequeños. Teletrabajan y perciben sueldos nórdicos. Compraron los pisos a los herederos de los últimos ancianos que se cayeron por las escaleras. El precio de los inmuebles se ha cuadruplicado. Por un poco más, podrían haberse comprado el Palacio de Liria, en cuyos alrededores mi perro se alivia todas las mañanas. El hervidero de turistas es asombroso en una ciudad donde todos lo somos un poco, porque nos pasamos toda la vida estando de paso. El año pasado visitaron la ciudad casi ocho millones de personas, el doble que en 2022. Los únicos turistas que me molestan son los que van en patinetes eléctricos por las aceras. En mi casa hay un piso para turistas a pie de calle, ocupado por discretas familias de franceses, italianos o norteamericanos. El único vecino ruidoso es un perro salchicha que está tan loco como sus dueños. Una madre y una hija que se tratan con la delicadeza de las hienas. Salgo a pasear y escucho hablar en diez idiomas. Van en grupos amaestrados por hábitos un poco ridículos. Ellos parecen encantados. La diferencia entre ser turista o viajero se ha difuminado. Para ser lo segundo hay que irse a Mongolia y plantar una yurta en medio de la nada.

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