"Cuidar a los que nos cuidan"

Publicado el 09/06/2024 a las 05:00
La pandemia, cuyas consecuencias flotan en el aire sin que sepamos por cuanto tiempo, ha acuñado expresiones en nuestras relaciones humanas del estilo que encabeza este artículo. Es, precisamente, la propia pandemia y el sentido del cuidado que ha inoculado en nuestras vidas la que, a su vez, ha originado una avalancha en el sistema de salud que se ha visto desbordado por los cuatro costados, sin capacidad de reaccionar. Y, lo que es peor, sin esperanza de que sus responsables vayan a solucionarlo en un plazo razonable.
Existe un fenómeno en los centros de salud y los hospitales, el llamado “burnout” (“quemado”, literalmente) que está adquiriendo visos de gran inquietud. Un dato ofrecido por el Observatorio de Salud Mental del Colegio de Médicos de Madrid (2023): “La proporción de suicidios en la población española es del 0,8% de todas las muertes, y entre los profesionales médicos es del 1,3%”, (un 62,5% superior). Este dato, alarmante de por sí, adquiere una significación que circunvala un análisis ordinario de la situación profesional de los sanitarios y debe obligar a las autoridades sanitarias a tomar medidas, si es necesario, extraordinarias. Tenemos que lamentar que, precisamente, los que se dedican a cuidar del resto de la sociedad desempeñen una profesión de riesgo, con un índice de suicidios superior a los de otros colectivos de este mismo rango (militares, policías, etc...).
Con frecuencia, podemos imaginar que los médicos son seres poco menos que sobrenaturales y, aunque lo sabemos (sobre todo quienes los hemos tratado de cerca) son personas con una profunda vocación de servicio -como sucede también otras profesiones- enfundadas en un cuerpo que puede albergar las mismas debilidades y zozobras que cualquier otra persona. Después de once años de preparación -seis de la carrera, una de estudio para el MIR y cuatro de especialidad- no es difícil imaginarse a un médico con muchas horas de trabajo y guardias, con urgencias inesperadas, atendiendo a personas de todo pelaje, en una atmósfera de crispación en ocasiones, con amenazas físicas y judiciales cada vez más frecuentes, una burocracia inquietante y un clima de apresuramiento capaz de enervar al mismo Job. Y mal remunerados, que también hay que decirlo. Hay quienes piensan que la medicina lo puede todo -tal es el prestigio que la ciencia ha adquirido en sus mentes- y no admiten con serena aceptación que la ciencia médica tiene un límite y hay enfermedades -muchas, por desgracia- para las que todavía hoy no se ha llegado a descubrir su origen y tratamiento. Y en la oscura mente de esas personas, los médicos que no han sabido curar su enfermedad son los culpables de semejante desafuero, sin admitir que el conocimiento humano tiene sus límites y la muerte, tarde o temprano, es una de las certezas ineludibles que golpea a la condición humana, sin excepción. Por eso, no sorprende que “más del 60% de los médicos jóvenes ha tenido algún problema de salud mental o adicción”, (Diario Médico, mayo de 2024).
En Estados Unidos, un estudio publicado en JAMA Network señalaba que entre 1.400 médicos seguidos en 2021, el burnout era algo superior al 50%, y apuntaba que los que mejor resistían eran los que tenían más experiencia y, por tanto, más familiarizados con la profesión, con mejores salarios y menor dedicación a labores administrativas. Una encuesta realizada a cerca de 20.000 médicos en seis países (Alemania, Francia, Portugal, España, Estados Unidos y Reino Unido ), reveló que un tercio se siente agotado y/o deprimido. Los médicos de España y Portugal eran los más cansados y en el caso de España la insuficiente remuneración era la causa de desgaste más citada.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha señalado que el “burnout” se manifiesta en tres dimensiones en el contexto laboral de los sanitarios: el agotamiento, la distancia mental o sentimientos negativos respecto del trabajo y la sensación de ineficacia y falta de realización. La OMS en su nueva versión de la CIE-11 (Clasificación Internacional de Enfermedades) lo definió como “un síndrome conceptualizado como resultado del estrés crónico en el lugar del trabajo”. Y sus síntomas no son difíciles de imaginar: insomnio, depresión, cefaleas, agotamiento… Pero lo más reseñable de entre todas estas manifestaciones es la delirante sensación de la falta de realización personal. Y esto sí que es grave, porque una profesión que debería tener todos los ingredientes de un atractivo irresistible, precisamente por el sentido que da a una vida, se torna en una permanente tormenta llena de nubarrones sin esperanza de claridad alguna. En este clima, en el que se hace presente de manera habitual el agotamiento emocional, difícilmente se puede aguantar con espíritu sereno y equilibrado, disfrutando del bien que se hace a tantos pacientes que se muestran agradecidos.
“Si no existiera la realidad, yo estaría muy bien”, se lamenta a su médico un personaje neurótico de un relato de Maurois. Pero la realidad nos golpea de modo inexorable y se manifiesta, con mayor o menor gravedad y frecuencia, a través de la enfermedad. Solo deseo que sepamos cuidar a quienes nos van a cuidar.
Francisco Errasti. Economista