"Pablín emergió de bajo los escombros de los prejuicios de los que creían que los toreros a caballo tenían que ser portugueses o andaluces"

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Chapu Apaolaza

Publicado el 29/05/2024 a las 05:00

Se ha despedido Pablo Hermoso de Mendoza de Las Ventas vestido de rojo y plata de la bandera de Navarra y sus cadenas. Del maestro Pablo Hermoso de Mendoza, el rejoneador más importante de todos los tiempos, todavía hoy se desprende una ternura casi adolescente de cuando empezaba, una cosa suya, será cercanía, que permite llamarle -aún- Pablín. Salió de una hermosina adornándose y delante de la tele me vi coreando -¡Pa-blín, Pa-blín!- como en la de rejones en Pamplona el seis de julio con las fiestas por delante, las velas recién sopladas y a punto de encenderse el fuego del miedo del primer encierro. Hasta se aparecieron Pedro Bañales y Jorge Ramón Sarasa tras las cortinas de las nubes.

Supe de Hermoso de Mendoza siendo un niño el día en que el aita llegó a casa de no sé qué corrida y se apoyó en la mesa de mármol de la cocina, sobrecogido por un trance particular y le dijo a mi madre muy lentamente: “Amparo, he conocido a un chaval de Estella que es rejoneador y que no tiene techo”. Mi madre lo miró como si fuera un extraterrestre y esa misma reacción sucedió durante años cuando nadie creía que podía salir un rejoneador de Estella. Pablín emergió de bajo los escombros de los prejuicios de los que creían que los toreros a caballo tenían que ser portugueses o andaluces y cuentan que el mismo Potra le dijo: “Pelotari andaluz y rejoneador navarro, mal negocio”.

El milagro de Estella lo hizo sin fortuna, sin cuadra, sin nada. Estaban ‘Giralda’, la yegua alazana para la salida y el último tercio, y el bravísimo ‘Cafetero’ se los pasaba por los pechos en los quiebros en banderillas. Iba a ganar el Tour con un triciclo, un padre, un hermano y Miren, una mujer de bandera. Después llegó ‘Cagancho’ al que conocimos en la cuadra de la plaza de Pamplona siendo un potro y así viéndolo, tan bastote, nadie pensaba que podría convertirse en el Rey de los caballos.

Aquellos recuerdos se hilvanan con lo de ahora en un continuo extraño, como si lo de hace 35 y lo de ahora fueran la misma cosa. Pablo -Pablín- saluda lentamente desde los medios, girando sobre sí mismo a caballo como un reloj que corriera en sentido contrario al tiempo y en el ruedo de la plaza, playa a 400 kilómetros del mar, se abre un socavón de algo. Queda Guillermo, su hijo, a defender su legado. Ojalá tenga suerte.

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