"Discriminados por oír mal"

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Jose Murugarren

Publicado el 28/05/2024 a las 05:00

Unos pocos minutos después de que la película comience la mujer que tengo al lado sabe que no va a divertirse. La razón no tiene que ver con el argumento ni con los actores. “No entiendo nada”, afirma. En distintos momentos pregunta por conversaciones que no descifra. Su compañera en la sala ríe abiertamente tras un lance cómico. Está gozando con la proyección. Una se regocija. La otra, se clava a la pantalla como el alumno que no entiende la explicación de un problema de matemáticas. Pero no se rinde.

-“¿Qué dice el actor de una ‘infusión de regaliz’?” interroga a su amiga.

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-“¿Infusión...? Infección chica, ‘in-fec-ción-de-la-ma-triz’. Aquí no hay regaliz”, repite partiendo la palabra en sílabas y explota con una risa contagiosa. Las dos amigas comparten carcajada. Yo mismo que las escucho no puedo evitar sumarme. Me cuesta frenar el ataque de risa y ella me descubre. Sonríe, se toca la oreja con un dedo para hacerme partícipe de sus problemas de oído y encoge los hombros. A la salida la saludo. “Llevo audífonos, pero en el cine es como si el sonido hiciera un eco, una reverberación que hace difícil que pueda entender los diálogos”, comenta. “La próxima vez será mejor”, anima risueña su amiga para rebajar acritud pero no la convence: “insisto en venir porque me gusta el cine. Somos muchas las personas que tenemos el problema. Tiene que haber una solución fácil”, responde. Y yo me quedo pensando. En el tiempo de la revolución tecnológica sorprende el abandono de estos espectadores. En los trenes, autobuses o en los aviones, cada pasajero puede conectar los auriculares y disfrutar de la película. “Y en casa conecto la radio por ‘bluetooth’ a mis audífonos”, añade ella. “¿No se puede hacer lo mismo en el cine?”. Tiene razón. Hemos eliminado barreras físicas y mentales para ayudar a la gente y minimizar las discapacidades; hay descuentos para que los mayores acudan al cine y al mismo tiempo son discriminados. Sencillamente porque tienen problemas de oído. “Muy injusto”, se enfada la mujer. - “Anda, relájate”, zanja su compañera, se acerca a su oído y silabea exagerando. “Te invito a una- in-fu-sión -de -re-ga-liz”...

- “¿Infección en la matriz?” replica su amiga y las dos se marchan riendo.

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