Cambio de armario

Publicado el 18/05/2024 a las 05:00
A lo largo de la vida son muchas las veces que, por un motivo u otro y con mayor o menor razón, nos hemos sentido agraviados. Conflictos y desencuentros que la mayoría el tiempo y la cordura han borrado, aunque quedan otros que permanecen pertinaces incordiándonos por dentro. Nuestro arrogante ego herido que no olvida clama “justicia” y venganza. Nada que nos tenga que alarmar y mucho menos condenar al fuego eterno. Somos así, cosas de la naturaleza humana. De hecho, la Ley del Talión está vigente en todas las épocas y en todas las culturas, desde el Código de Hammurabi hasta la Biblia y, por supuesto, destacado protagonista en la literatura universal de todos los tiempos. Una realidad que, por otra parte, se puede entender sin mayor problema pues en cierta manera nos encontramos ante un acto de legítima defensa. Nos lo pide el cuerpo, una necesidad antropológica protectora y, a su vez, reparadora del espíritu.
Sin embargo, las numerosas investigaciones sobre el tema confirman que el “ojo por ojo y diente por diente” con el que nos frotábamos las manos no acaba resultando tan catártico y reconfortante como lo habíamos deseado: el placer y la satisfacción muy pronto se desvanecen. Y ante esta evidencia ratificada por los sujetos experimentales de esos estudios y que probablemente nosotros mismos la hemos vivido en más de una ocasión, acabamos constatando que la maravillosa erótica de la venganza, más fantasía que otra cosa, lo que nos lleva a pensar que hasta podría merecer la pena olvidar e incluso perdonar. “Si quieres ser feliz un instante, véngate; si quieres ser feliz toda la vida, perdona”, tal vez no le faltaba razón al sabio. Una sugerencia más que interesante que, sin embargo, no nos resulta precisamente fácil ponerla en práctica pues esto del perdón para la mayoría de los mortales nos supone una violencia interior más que considerable. Y no es para menos. De entrada, implica un ejercicio de (en la mayoría de las ocasiones es mayor nuestro orgullo herido que la gravedad de la afrenta) y otro de empatía que nos llevaría a considerar que el que nos ha ofendido en el fondo no es peor que nosotros. El infierno no son los otros como afirmaba Sartre, somos todos. Pues sí, se nos hace muy cuesta arriba, pero debe merecer la pena y no solo por tratarse de ese imperativo moral que nos hace más humanos sino también desde la más pura pragmática utilitarista: el perdón es más rentable que el odio y la venganza ya que conlleva un ejercicio de limpieza que nos posibilita que podamos escribir nuestra historia en clave de paz. Porque perdonando al otro me perdono a mí mismo. Tal vez por eso, León Felipe pocos días antes de su fallecimiento escribió aquello de “y la última palabra, pegadiza y terca, que recuerde al morir sea ésta: perdón”.
Y envuelto en estas reflexiones y con el verano a la vuelta de la esquina se me ocurre que, aprovechando el obligado cambio de armario, no estaría de más que guardáramos en el ropero junto a las ya sobrantes prendas de abrigo algunos de los resentimientos que todavía alborotan nuestro corazón. Al menos hasta la próxima temporada. Igual hasta nos olvidábamos de ellos y afrontábamos el invierno a pecho descubierto sin los hielos del rencor. No sería mala cosa: el alma más tranquila, las relaciones personales más gratificantes y una sociedad más comprensiva y posiblemente un poco más reconciliada. Y ya puestos a seguir soñando, ¿se imaginan un cambio de armario de este tipo en los ayatollahs, en Hamás o en los recalcitrantes Putin y Netanyahu o, sin ir tan lejos, en más de un político que tanto veneramos? Demasiado hermoso para ser realidad.
Luis Arbea Aranguren. Psicólogo y filósofo