"Ver como el colegio se viene abajo sin remedio -un espectáculo que atrae mucho- me ha traído recuerdos, pero no he cedido a la melancolía"

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Pedro Charro

Publicado el 13/05/2024 a las 05:00

Como hacía bueno había un buen puñado de gente viendo cómo unas grandes máquinas iban demoliendo el colegio de Misioneras, junto a la trasera de los Caídos, que parecía temblar un poco de miedo en cada embestida, como si temiese ser el siguiente. El colegio va a desaparecer para que la calle Amaya continúe y van a hacer otra residencia de estudiantes, qué es el destino estrella hoy de cualquier obra. Se ve que los estudiantes ya no están en pisos, que era antes la antesala de la libertad. El monumento de los Caídos por detrás es mucho mejor que de frente; menos grandilocuente, más recogido, sin escalinatas ni arcadas. Como si se desprendiera del traje de gala. La parte posterior en muchos edificios suele deparar grandes sorpresas. El jardincillo que hay allí detrás tiene algo de rincón apartado, de lugar de citas y confidencias, como el proscenio de un teatro. En este antiguo colegio Misioneras estudié mis primeras letras. Recuerdo que íbamos todos los días a clase, hasta los sábados, y nos quedábamos a comer. Después echábamos una siesta con la cabeza sobre la mesa. El día de cumpleaños de la superiora nos daban una manzana envuelta en caramelo. Mientras escribo me viene a la cabeza multitud de imágenes: las estampas de historia sagrada con el templo de Salomón y Abraham a punto de apuñalar a su hijo Isaac, sustituido in extremis por un cordero. La verdad es que es una historia terrible para un niño. En el patio de gravilla jugábamos a fútbol y a veces el balón pasaba la tapia y caía a las cochiqueras que había al otro lado. ¡Madre, Madre!, gritábamos entonces ¡que se lo comen los cerdos!, hasta que una monja salía al rescate. Ver como el colegio se viene abajo sin remedio -un espectáculo que atrae mucho- me ha traído recuerdos, pero no he cedido a la melancolía. Todo cambia, se transforma, en eso consiste la propia vida que vamos dejando atrás y que todavía podemos saborear. ¿Es que no has vivido?, le reprochaba Montaigne a un amigo que decía que no tenía nada que contarle. ¡Ese es nuestro principal oficio!

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