La Ventana
Bandera azul


Publicado el 08/05/2024 a las 05:00
Leo que la primera bandera azul foral se la han dado al Embalse de Alloz, concretamente a la playa que llaman Bahía Lerate, que seguro que está muy bien aunque no he ido, ni pienso. Navarra había vivido hasta ahora en una dignidad de tierra adentro, de secano, de no saber nadar y de moreno de Agromán que yo le concedía muy honorablemente hasta ahora en que se pirra por tener un mar de pega, un océano ‘wannabe’, aspiracional de temporales, de sal, de pulpo agarrado en la roca, costa a sotavento y galerna. A mí lo de la bandera azul siempre me pareció de por sí una vulgaridad propia de la sublimación de la parte peor del verano y de un cierto asfaltado de lo salvaje. Remite a esa práctica que en turismo se conoce como ‘poner en valor’, un concepto tan falto de poesía y que llena la naturaleza de senderos señalizados, de puentecitos, barandillas y pasarelas para que se tiren selfies la gente que allí acude con calzado de trekking para uso intermedio de caminatas de uno a cinco kilómetros. Desde aquí, la bandera azul es el sello de playas domesticadas, urbanizadas, humilladas en la quietud de julio y agosto cuando, como decía mi padre, el mar resignado en morosos atardeceres, se deja meter mano por los niños con cubo, pala y flotador. Siempre se me ha antojado una venganza admirable cuando las mareas de septiembre se encabritan y de pronto, en un fragor de gritos, sorprenden con una ola, revuelcan al personal y empapan los bolsos y las toallas de las señoras sorprendidas por el avance de la espuma. Siempre emociona el mar reclamando sus fronteras en una justicia que se hace imposible en el pantano pues solo se llena o vacía por efecto de la lluvia y el manejo de las compuertas. Eso es un embalse: un mar quieto del que siempre he recelado, pues no habiendo mar de fondo ni marejada alguna, siempre me resultó más temible que el mar abierto. Bajo el agua dulce se me aparecen siempre limos que me engullen, corrientes misteriosas, peces resbaladizos de los que no sé nada y ramas de árboles en las que de pronto se me engancha un pie. No pienso ir a probar esa bandera de Navarra y así me privaré del placer de -habiendo nacido en San Sebastián-, ser por una vez ‘meaplayas’.