"Dos horas después el piloto anuncia que va a tomar tierra. Ellos se miran y se agarran fuerte a los apoyabrazos"

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Jose Murugarren

Publicado el 30/04/2024 a las 05:00

Al subir al avión la azafata se acerca a los asientos que ocupa una pareja. Escucho la conversación. “¿Les importaría trasladarse una fila más atrás?, pregunta y propone a la vez. El hombre pone cara de sorpresa y ella explica que necesita viajeros adultos para dos emplazamientos pegados a una de las salidas de emergencia. “Ahora mismo esos lugares los ocupan dos menores y la normativa establece que son demasiado jóvenes”. La invitación desconcierta a la mujer que se interesa por las características de las butacas y la auxiliar de vuelo responde que a quienes se sientan en esos lugares corresponde abrir la trampilla en caso de evacuación del avión. Juraría que la explicación les ha puesto los pelos de punta. Ponen cara de preguntarse “¿para qué una salida al vacío a 10.000 metros de altura?”. Pero no dicen nada. Fantaseo con la hipótesis e imagino al nutrido pasaje del avión corriendo hacia esa ventana saltando uno tras otro al océano Atlántico que vamos a sobrevolar. La idea me provoca una risa nerviosa y un horror frío que calmo cerrándome la chaqueta. La pareja accede. Disfrutan de las ventajas de unos asientos con más espacio para las piernas. Pero los percibo inquietos. El aparato ha despegado. En cada ocasión en que la azafata surge por el pasillo el hombre la escruta. Trata de adivinar en sus ojos alguna inseguridad, una avería supuesta y secreta, quizás. Mientras la auxiliar revisa si los pasajeros llevan abrochado el cinturón juraría que al hombre se le agita la respiración. Al repasar que el altillo de las maletas está cerrado es la mujer quien sonríe forzada e inquiere a la azafata: “¿todo bien?. Pienso que ha debido imaginarse tirando de la portezuela de emergencia y lanzándose al vacío de la mano de su pareja en un vuelo entre romántico y suicida camino del océano. “El último viaje que hacemos juntos”, fabulo que se le pasa por la cabeza en una de esas reflexiones terribles que asaltan en las situaciones comprometidas. Dos horas después el piloto anuncia que va a tomar tierra. Ellos se miran y se agarran fuerte a los apoyabrazos. Al aterrizar hay pasajeros que aplauden. La pareja se suma con entusiasmo a la catarsis. Tan exaltados están que si pudieran, ahora sí, saldrían abrazados por la puerta de emergencia dando ‘vivas’ a la tripulación.

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