El Rincón
Perplejidad y desinformación
El Gobierno intenta convertir en “desinformación” todo lo que no le guste oir o todo lo que no le convenga escuchar


Publicado el 28/04/2024 a las 05:00
El presidente Pedro Sánchez tiene previsto deshojar mañana la margarita de su continuidad o no al frente del Ejecutivo. Una decisión inédita, con sabor a espantada, que ha dejado en suspenso la vida institucional del país al señalar que se tomaba unos días de reflexión sintiéndose víctima de acoso por las informaciones sobre la actividad profesional de su mujer.
A la espera del incierto desenlace, sólo constatar que este amago revalida que Sánchez es el hombre que atesora una infinita capacidad para dejarnos perplejos por sus giros de guión. ¿Regate a corto defensivo? ¿Maniobra estratégica para recuperar la iniciativa? ¿Puro victimismo sentimental? ¿Hartazgo político y personal que desborda el vaso? No hay respuesta clara a un anuncio que suena a golpe de efecto.
Una tesis simplista y parcial. El Gobierno de Navarra y el PSN se han apuntado a la tesis de Sánchez. Una tesis simplista y parcial. Ventilar el caso de la mujer del presidente como una campaña de “acoso y derribo” de la derecha y la ultraderecha política y mediática no se sostiene. Una cosa es que la denuncia penal la haya realizado, es verdad, un pseudosindicato ultra de más que dudosos intereses, Manos Limpias. Y otra que las revelaciones periodísticas sobre la actividad profesional de su mujer con empresas beneficiadas por contratos o fondos públicos sean de interés general. Pueden ser acciones perfectamente legales y, a la vez, estar sujetas a la crítica política. Así que lo normal es dar explicaciones y dejar que la Justicia, si hace falta, haga su trabajo, no amagar con dimitir.
Y, desde luego, no cabe meterlo todo bajo el paraguas fácil y cómodo de la desinformación. Un fenómeno que se extiende, sí, en un mundo donde desde las redes sociales se mueven intereses espurios que buscan confundir y deslegitimar. La desinformación es un fenómeno planetario que preocupa a todo el que piensa y reflexiona sobre nuestro mundo y sus valores porque las herramientas digitales hacen mucho más poderosas estas campañas generadoras de odio que pretenden socavar la convivencia. Pero el problema de Sánchez no es un bulo, son hechos.
Ataques personales y cacerías. Que el tono del debate acabe en la esfera de lo personal no es, desgraciadamente, nada nuevo. Los ataques personales descarnados forman parte de la política desde hace muchos años. A veces se vuelven auténticas cacerías. Y en Navarra sabemos mucho de eso, desde los tiempos de Yolanda Barcina o la sufrida por su vicepresidenta Lourdes Goicoechea, por ejemplo. Pero lo fácil es reconocerlo y criticarlo cuando afectan a los “tuyos” en cada partido y practicarlo cuando afecta “a los otros”. Hace bien poco, fue la ministra Montero la que se hacía eco de una noticia sobre la mujer de Feijóo que se demostró falsa.
Es cierto que la carta de Sánchez evidencia su dolor personal, que es humanamente muy comprensible porque la polémica afecta a su pareja. Pero no se entiende en absoluto este estallido por algo que todavía no ha tenido trascendencia alguna (es una mera admisión a trámite judicial ) en un político que estaba blindado frente a a las críticas (recuérdese su Manual de Resistencia) y que se ha fajado, a su vez, en una gran dureza personal contra sus adversarios. Faltan muchas claves y el cansancio y hastío ante una Legislatura imposible, la que él mismo ha diseñado para asegurarse el poder, es una de ellas.
La función social de los medios. La presidenta del Gobierno foral, María Chivite, habla de “estrategia orquestada” para “poner en riesgo la democracia”. Un tono que busca movilizar a sus simpatizantes (ayer fue el ejemplo en Ferraz) tras el desconcierto inicial en un PSOE donde Sánchez ejerce tal hiperliderazgo que cuesta imaginarse que queda del partido sin él. Pero la hipérbole es mala consejera porque la exageración mata el mensaje.
Y además, mezclar agua con aceite sólo abona la confusión. El jueves en el Parlamento el PSN hablaba de combatir la desinformación y mezclaba la polémica sobre la adjudicación de los túneles de Belate con los bulos. Pésimo camino. El Gobierno no puede convertir en “desinformación” todo lo que no le guste oír o todo lo que no le convenga escuchar.
Una función esencial de los medios de comunicación en democracia es ejercer la crítica al poder. Y a los gobiernos les gusta cada vez menos sentir que hay medios que escapan a su control. Esa es la realidad. Contra los abusos periodísticos, si los hay, están los tribunales. Pero para combatir la desinformación debiera comenzarse en el ámbito político por reconocer la labor profesional del periodismo como actividad imprescindible, aunque sea incómoda. De lo contrario, la pendiente de la crítica deslegitimadora sin filtro sobre los medios conducirá mañana a un intento de censura.
Cuando ganan las vísceras. El verdadero problema en nuestra sociedad es que la escasa calidad del debate democrático ha minado la confianza en las instituciones y en los poderes públicos. Y que ese es terreno abonado para hacer crecer teorías extremistas y que éstas calen dañinas en el cuerpo social. La polarización es una muestra de esta realidad tan peligrosa. Arrastra también a muchas trincheras periodísticas, cierto.
Y no es cuestión de un sólo bando, aunque estos días sea el socialista el protagonista. Los excesos campan a sus anchas desde la derecha y desde la izquierda políticas. Ganan las vísceras y el insulto. En este terreno quien pierde la batalla es siempre el sentido común, el discurso que trata de construir, la búsqueda del consenso entre diferentes. Todo aquello, en suma, que contribuye a hacer avanzar la sociedad desde la centralidad y el respeto.