"¿Quién no se ha dejado caer en la tentación de oler a víctima y aprovechar el interés que suscita en los otros esa fragilidad?"

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Jose Murugarren

Publicado el 23/04/2024 a las 05:00

Me encajan el turno de tarde y se quedan tan anchos. Mi jefe me tiene enfilada”, afirma disgustada una mujer joven en la cafetería. “¡Con lo mal que lo estoy pasando! Tengo un dolor de muelas horroroso y ahora esto”, añade a punto del llanto mientras su compañera de mesa le toma del brazo para calmarla. Me compadezco de ella. ¿Quién no se ha sentido víctima alguna vez?, como si la vida tuviera una deuda pendiente que no quiere pagarnos. Que alguien se dé cuenta por favor de que esta chica necesita explicar lo pésimo que la trata su entorno. No hay derecho a que la persigan con un cambio de turno inaceptable. “No es para tanto”, dice su amiga tratando de rebajar la tensión, “no te castigues. Y admíteme una broma. Necesitas ‘Lamento’, una colonia para los que sienten que sufren las desgracias de esta sociedad”, suelta con una ironía compasiva mientras toma su mano y regala una sonrisa. Yo, que las escucho detrás del periódico, me quedo entre la risa y la ternura. Y muevo la nariz. Huelo esa marca en muchos lugares. Lo confirmo al entrar en la biblioteca. Estoy consultando libros de autoayuda cuando entra un hombre maduro y se queja de que su hijo lleva tres días sin llamar. Él nunca trató así a su padre. La bibliotecaria se esfuerza en animarle convencida de que no hay motivo para inquietarse. “¿Pero cómo me puedes decir que no me preocupe? No sabes lo qué estoy pasando”, insiste. En ese instante, tan desvalido, lo imagino perfumado de “Lamento”. Es unisex, me digo bromeando, de uso extendido entre los convencidos de que el mundo es injusto con ellos y esperan un milagro que repare esa deuda imaginada. ¿Quién no se ha dejado caer en la tentación de oler a víctima y aprovechar el interés que suscita en los otros esa fragilidad? Pulsamos el difusor con nuestras quejas y expandimos un perfume que repite que el mundo nos rechaza, que merecemos amor, trabajo y una atención que no se nos procura. Para sentirse así vale todo. Sirve si creo que el vecino me mira mal, si no me llama un amigo, me dan el pan poco tostado y demasiado caliente o frío el café o no me convalidan un examen. El adicto a la marca no soportaría cambiar. Es fiel a “Lamento”.

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