"Le devolví la mirada un segundo y fue suficiente. Habíamos compartido aula en la infancia"

Publicado el 16/04/2024 a las 05:00
Dime cuánto te debo”, pregunté a la camarera en la barra, y antes de que respondiera noté que un hombre me observaba. Le devolví la mirada un segundo y fue suficiente. Habíamos compartido aula en la infancia. Él sonrió afable, me llamó por mi apellido como acostumbrábamos en el colegio y volé a un pasado de batas a rayas azules y blancas en el patio de los Escolapios. ¿Qué tal estás? ¿Qué vida llevas? ¿Qué fue de ti? De repente nos vimos metidos en una charla de pupitres en blanco y negro, de recuerdos compartidos. Sostuvimos unos minutos la conversación. “Hacía más de 30 años que no nos veíamos. Que no pasen otros 30”, me dijo al despedirnos, en broma, con un humor amable lleno de cordialidad. Salí a la calle con la certeza de que los dos habíamos estado en un lugar remoto, muy lejos de las dos personas que conversaban con nuestra identidad en el interior de aquel bar. Siete días después, una mañana, entré en el Mercado del Ensanche. Alguien me llamó por mi apellido. Como en el colegio. Era él. “No nos vemos en 30 años y en siete días coincidimos dos veces”, me soltó divertido. “Esto quiere decir algo”, bromeé atribuyendo un significado misterioso al puro azar de encontrarnos. Lo cierto es que en ese momento me pareció que hasta la casualidad está sometida a alguna forma de orden. Charlamos unos minutos. “Adiós”, dijo levantando y moviendo la mano conforme me alejaba. Dos días después al abrir el periódico supe que aquella despedida era definitiva. No volveríamos a vernos más. El diario recogía su fallecimiento por muerte natural mientras trabajaba en su puesto del mercado del Ensanche. El azar procura encuentros que nunca se nos hubiera ocurrido imaginar. Improvisa citas en su enigmática agenda y propone preguntas imposibles de contestar. No sabes explicar el porqué de esa coincidencia, pero te queda la impresión de que ese encuentro fortuito fue un milagro disfrazado de casualidad.