"El futbolista moderno ha roto el tabú del llanto y consiente en mostrarse roto, derrotado, desvalido como una Magdalena"

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José María Romera

Publicado el 30/03/2024 a las 05:00

Si las despedidas son un lance típico de las películas románticas, las despedidas de futbolistas se han convertido en un clásico de la comunicación moderna. La escena es reconocible: una mesa corrida, como de conferencia; detrás, el panel de patrocinadores a modo de telón de fondo; delante, el botellín de agua y uno o varios micrófonos. Y en medio de esta austera escenografía, el protagonista, a quien las nuevas liturgias obligan a decir adiós urbi et orbi y a corazón abierto. Es la hora de las emociones. Cada uno las administra como buenamente puede, pero lo que no suele faltar en estos encuentros son las lágrimas. Más que un aderezo inevitable o un accidente de los nervios, las lágrimas constituyen una cláusula del contrato, un último tributo del que se va. El llanto asoma a las primeras de cambio y a partir de ahí acompaña, como un rumor de fondo, toda la sesión. Que no digo yo que no se trate de lágrimas sentidas, que sean las llamadas lágrimas de cocodrilo -algún día habrá que darle una vuelta a esta injusticia zoológica-, pero algo nos dice que se prodigan en exceso. El caso es que el futbolista moderno ha roto el tabú del llanto y consiente en mostrarse roto, derrotado, desvalido como una Magdalena. Más humano, en fin. Y, por lo visto recientemente, llora a moco tendido tanto en la despedida como cuando se erige en portavoz de valores cívicos. El fútbol, que ya ostentaba cierto monopolio sobre las emociones grupales ruidosas, se empieza a apropiar también de las íntimas, las delicadas, las que no apuntan a la movilización de las masas sino al alma particular de los individuos. Los campeones de hoy comparecen fuertes y a la vez frágiles como los héroes clásicos, que a sus virtudes públicas en la batalla sumaban las flaquezas del ánimo en lo privado. Alguno dirá que las epopeyas homéricas de antaño poco tienen que ver con estos guiones de ahora que parecen escritos por Paulo Coelho, pero qué importa el sonrojo si a cambio se obtiene la conexión anímica con los seguidores. Al precio que se han puesto las entradas, no debe extrañar que la afición quiera prorrogar la intensa experiencia emocional del gol con la más cercana y personal del deportista compungido en la retirada. Todo a mayor gloria del sagrado fútbol. Todo aprovecha para hacer caja.

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