Progreso histórico, tecnológico y ¿moral?

Publicado el 22/03/2024 a las 05:00
Cada día resulta más difícil manejarnos en la vida cotidiana si carecemos de conocimientos tecnológicos. No cabe duda de que el progreso científico y tecnológico nos abre un sinfín de posibilidades. Tal vez ilimitadas. Sin embargo, aunque no podamos vivir al margen de ese progreso, tampoco podemos comprender completamente la tecnología si ignoramos su dimensión moral. El creador de la bomba atómica, Oppenheimer, fue consciente del riesgo que esa actitud conllevaba. Y lo pagó, pues ni la ciencia ni la tecnología son éticamente neutrales. En realidad, no es necesario padecer tecnofobia para mostrar cierta reticencia ante el culto que reciben las nuevas tecnologías. Parecen sagradas. Pero, ¿qué relación existe entre el progreso histórico y el progreso moral?, podríamos preguntar. El ilustrado Rousseau fue célebre en el siglo XVIII por defender que el progreso científico no era sinónimo de un avance en las conquistas morales de la sociedad.
Podríamos decir que el progreso histórico y social crea las condiciones necesarias para que pueda darse el progreso moral. Sin embargo, no cabe establecer una relación causal entre ellos, ya que los seres humanos no siempre avanzan promoviendo principios o cultivando cualidades morales. Las dos guerras mundiales del siglo XX constituyen una prueba elocuente.
A pesar de ello, cabe advertir que el progreso moral no puede concebirse al margen de los avances históricos y sociales. Esto no significa, como precisa Sánchez Vázquez, que el progreso moral se reduzca al progreso histórico, o que éste conlleve por sí mismo un progreso moral. De hecho, el progreso histórico no es igual para todos los países. Algunas naciones han progresado más que otras, y no todos los individuos o grupos sociales se benefician por igual de sus logros.
En la actualidad, el progreso del conocimiento, al haberse especializado, ha creado indirectamente barreras entre las distintas disciplinas, lo que ha provocado un retroceso del pensamiento en su dimensión crítica. Vinculado al dominio del cálculo en un mundo cada vez más pragmático, el progreso del conocimiento es incapaz de concebir la complejidad de lo real, especialmente en lo que respecta a la convivencia humana. En cierto modo, se ha vuelto ciego.
Tal y como advierte Edgar Morin, esta limitación ha provocado un repliegue a posiciones dogmáticas y acríticas, así como a una crisis moral debido al auge del odio y la idolatría populista. De hecho, el avance de la extrema derecha y la posible victoria de esta ideología xenófoba en las próximas elecciones europeas podrían ser indicadores de ese déficit. Ante lo cual, podríamos preguntarnos: ¿qué criterio puede servirnos para reconocer el progreso moral cuando se producen cambios sociales profundos? Un índice de progreso moral radica en la ampliación de la esfera moral en la vida social. La convivencia requiere contar con reglas de juego que no dañen las libertades ajenas y que fomenten el cultivo de la igualdad y dignidad humanas.
A su vez, el progreso moral se mide también por la elevación del carácter consciente – de la conducta de los individuos– y desinteresado, al margen de estímulos materiales. En realidad, una sociedad es tanto más rica moralmente cuando más posibilidades ofrece a sus miembros para que asuman la responsabilidad personal o colectiva de sus actos. El progreso moral es inseparable del desarrollo de la personalidad libre.
De otro modo, el progreso del conocimiento puede discurrir de forma unilateral y paralela, provocando graves consecuencias. Es importante recordar que el progreso técnico facilitó la creación e instalación de crematorios industriales en el campo de exterminio nazi de Auschwitz y permitió la fabricación de armas destructivas. Además, es lo que hace posible, actualmente, que las guerras sean cada vez más cruentas, como las de Gaza y Ucrania, provocando la muerte de miles de niños indefensos. También en el siglo XIX, la irrupción de las máquinas prometía liberar al género humano de los trabajos más pesados, aunque Charles Dickens advirtiera en sus novelas que los niños comenzaban a trabajar cuando alcanzaban el tamaño preciso para manejarlas. Sin embargo, el progreso moral fue relegado, y el foco de atención se centró, sobre todo, en las posibilidades económicas de la revolución industrial.
Actualmente todo avanza tan rápido que apenas tenemos tiempo para mirar más allá del día a día. El tiempo transcurre cada vez más rápido y ha pasado de ser un bien valioso a convertirse en un bien cada vez más escaso. María Zambrano ya advertía hace décadas que vivimos sometidos al culto de la velocidad, que parece atarnos de pies y manos. Esta pérdida de horizonte genera una sensación de desconcierto, extrañeza, y de pérdida de sentido del mundo. El progreso económico y tecnológico, insistía, discurre a la par de una crisis espiritual que se nutre de un empobrecimiento moral progresivo. Mientras tanto, el mundo va perdiendo su esencia, su alma, y nuestra vida se vuelve cada vez más superficial. Más vacía. Como resultado, vivimos hacia fuera, pero no somos dueños de nosotros mismos, lo que hace que la autonomía personal palidezca, se debilite, y que se pierda, progresivamente, el sentimiento poético y la sensibilidad.
F. Javier Blázquez Ruiz. Catedrático de Filosofía del Derecho UPNA.