"De vez en cuando llegaba un taxi, recogía a uno o dos pasajeros y se alejaba. Y otra vez a la cola a contar el tiempo como quien cuenta ovejas cuando no puede dormir"

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Jose Murugarren

Publicado el 19/03/2024 a las 05:00

Me arrepentí de no haber pensado otra manera de llegar a casa. De noche y metido en una cola esperando taxi me sentí un ciudadano maltratado en una fila clamando por salir de la estación de tren. Dos, tres, cinco minutos. De vez en cuando llegaba un taxi, recogía a uno o dos pasajeros y se alejaba. Y otra vez a la cola a contar el tiempo como quien cuenta ovejas cuando no puede dormir. Algunos viajeros recurrían a familiares o amigos. Al rato, otro taxi. Un pasajero menos en esta cola de racionamiento en la que los taxis parecen lentejas servidas de una en una a las decenas de hambrientos que forman una hilera impropia de este tiempo de respuesta rápida. Servicio deficiente, pensé, con las manos ateridas. Aquella noche me propuse que la próxima vez buscaría alternativas. Mientras lo hacía llegó otro taxi. Una gota de agua en un mar de viajeros. La mujer que me precede en la hilera rompe el silencio para quejarse. “Último día que nos pasa esto. Vendremos en coche y usaremos un aparcamiento. ¿Te parece Patxi?” El aludido asiente. Sigo observando para matar la espera. Me giro y veo a un hombre joven que coge su maleta con ruedas y camina mascullando su disgusto: “¡Qué desastre!, lamenta. Intuyo que su problema es el que compartimos. Hay también una pareja con rostro cansado. Él sostiene a un niño en brazos. Ella habla entre dientes. Si las quejas pudieran crear una barrera de arena los pocos taxis que llegan quedarían atrapados en la plaza de la estación. Imagino la escena y me da por reír.

- “Es desesperante”, insiste la mujer que me precede cuando llega su taxi. “Venimos de Granada. Qué diferencia. En la estación había para todos. Eran los taxistas, quienes esperaban”, y enfatiza la palabra “es-pe-ra-ban” como si al trocearla en sílabas reforzara el argumento. “¿Verdad Patxi? Y Patxi coge la maleta y confirma con un movimiento de cabeza. Ella se dirige al taxista. “Llevamos un buen rato chupando frío”. El taxista se disculpa: “lo siento. No damos abasto” y ella, enfadada no se rinde: “Pues pongan más”. El taxista la mira y prefiere callar. Hay un silencio incómodo que ella necesita romper: “que pongan más”, insiste, “¿verdad Patxi?”

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