Una ventana a la cordillera de los Andes

Publicado el 27/02/2024 a las 05:00
Me viene estos días a la memoria 'La ventana indiscreta' de Alfred Hitchcock, película en la que el protagonista se encontraba obligado a estar postrado en un sillón con una pierna enyesada a causa de un accidente -como me ocurre a mí desde hace unas semanas-.
Desde su ventana, el reportero gráfico (James Steward) observaba aburrido, con sus prismáticos, el salón de la casa de uno de sus vecinos, lo que le permitió sospechar primero y descubrir después un asesinato. Siento que soy ese personaje atrapado por la curiosidad y la intriga, despertada en mi caso por la historia narrada en la obra maestra de Juan Antonio Bayona 'La sociedad de la nieve'.
Simplemente he cambiado los prismáticos por las miles de publicaciones que pueden encontrarse en cualquier medio de comunicación y redes sociales, y el asesinato del film de Hitchcock por el redescubrimiento de la “historia más increíble jamás contada” plasmada genialmente por Bayona.
Ello me ha hecho reflexionar sobre las razones que me han llevado a sentirme completamente atrapada por este relato, trasladándome del salón de mi casa a la cordillera de los Andes, hasta sentir un vínculo emocional con las personas-personajes atrapados por la montaña.
He descubierto que estas razones son muchas, pero, en realidad, todas convergen en una: el sentido espiritual con el que vivieron esa experiencia los protagonistas de la tragedia. Ese sentido trascendente de la existencia humana hizo que su forma de actuar en todos los planos permitiera algo que, a priori, parecía imposible: la supervivencia de 16 de ellos en circunstancias inhumanas. En el plano individual destaca el estoico Numa Turcati, el primero en apuntarse a los fallidos intentos de búsqueda de ayuda y en luchar incansablemente para salir de la tumba creada por el alud, lo que le provocó una herida que terminó con su vida precipitando la expedición que les salvó a todos. Lo encontraron fallecido una mañana, agarrando un manuscrito con un pasaje del Evangelio “no hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos (San Juan 15, 12-17)“.
Como familia improvisada, fue fundamental la labor de Liliana Navarro, que hasta su fallecimiento adoptó el papel de una madre protectora “que con su voz suave confortaba más que los medicamentos que no había”.
En el equipo que crearon siempre buscando el bien común (¡qué gran ejemplo de solidaridad, compasión, misericordia y entrega a los demás!) destaca el papel de liderazgo de los primos Strauch, que ayudó a que se mantuviera el ánimo, especialmente entre los más débiles.
Y, finalmente, esa espiritualidad que los guió desde el primer día se expandió fuera del grupo con la recogida y posterior entrega de efectos personales por parte de Gustavo Zerbino a las familias de los que murieron. Tenía tan clara su misión, que se negó a subir al helicóptero de rescate si no le permitían llevar la maleta en la que fue guardando, a lo largo de 72 días, objetos personales de todos y cada uno de los 29 fallecidos.
Me siento afortunada de que se haya despertado en mí, gracias a Bayona, un interés desmedido por la historia, ya que me ha ayudado a constatar que -en contra del sentido común- es más fácil encontrar nuestra naturaleza espiritual en situaciones límite -como lo fue “la sociedad de la nieve”- que rodeados de comodidades y confort en nuestra ”sociedad de lo convencional”. Así queda reflejado en las palabras del sobreviviente Javier Methol -viudo de Liliana- recogidas en el libro de Pablo Vierci que dio origen a la película: “Todo ha sido obra de Dios. De algo superior a nosotros, que tiene sus designios, (…) con el que interactuamos, dialogamos, formulamos preguntas y encontramos respuestas, si abrimos el corazón para escucharlo. Yo le pongo nombre propio: no ando con eufemismos”.
La obsesión del protagonista de La ventana indiscreta le permitió descubrir un asesinato; la mía constatar cómo la fuerza espiritual hizo que los sobrevivientes dejaran de estar atrapados en el infierno del Valle de las Lágrimas a más de 3.000 metros de altura en medio de los Andes. Esa fuerza hizo que Roberto Canessa y Nando Parrado caminaran durante 11 días buscando la ayuda que, finalmente, llegaría tras 72 días de cautiverio. Como indica Canessa, la clave de la sociedad de la nieve fue “la ayuda de Dios, el dar por los demás, el entender que hay mucho más allá del “no puedo más”.
Inés Arriaga Iraburu. Doctora en Derecho