"Murió alguien que yo conocía en el monte. Su cuerpo cayó por una pendiente de hierba en un paraje soberbio, y quedó allí tendido"

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Pedro Charro

Publicado el 12/02/2024 a las 05:00

Murió alguien que yo conocía en el monte. Su cuerpo cayó por una pendiente de hierba en un paraje soberbio, y quedó allí tendido. Al llegar hasta él tenía apenas un golpe, pero no había nada que hacer. Si alguien como él podía morir de repente, todo estaba perdido, pensé al conocer la noticia. Se trataba de un hombre que rebosaba salud, en plena forma, deportista, siempre sonriente, bendecido con amigos, brillante en lo suyo. La prueba de que a los 70 todavía hay vida por delante, había rodado por los suelos. Hacía muy poco, recordé, me había cruzado unos mensajes con él, cuando conté que en un viaje al desierto yo había perdido la maleta, y él me dijo que le había pasado lo mismo. La maleta, en mi artículo, era la metáfora de todo lo que nos sobra, de la necesidad de aligerar el equipaje, la forma con la que el destino nos libera de lo que nos ata. Él la había perdido en Casablanca, cuando viajaba a Camerún, donde colaboraba en la construcción de un hospital de una ONG. Me contó que en el viaje de vuelta, de día, atravesaron en el vuelo todo el desierto del Sahara, de sur a norte y que la visión le dejó hipnotizado. Hablamos de Erg Chebbi y de la duna de Merzouga, envuelta en una luz dorada. Recordé una vez en que me llevó en barco, un día de mar gruesa, rizada, que parecía una montaña rusa y como me dejó el timón, sonriente. De vuelta del desierto recuperé mi maleta y en Casablanca, donde teníamos varias horas de enlace, le envié una foto. Ese aeropuerto es como un compendio de África, donde va desfilando gente de todos los colores, un mundo al que damos la espalda. Mientras esperaba el vuelo a Madrid, una larga fila de peregrinos vestidos de blanco embarcaban hacia la Meca. Era el viaje de su vida. No la abras, me contestó el hombre que acaba de morir cuando le mandé la foto de la maleta. No la necesitas, ya lo decías en tu artículo. Vuelve a casa como un bereber, me decía. Aquel mensaje parecía de pronto una premonición. Ahora él era el bereber, el nómada que se adentraba sin ataduras en el desierto, desdibujándose.

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