"Eres un sol"

Publicado el 07/02/2024 a las 05:00
Lo recuerdo como si fuera ayer. Ella, rústica montañesa, no era muy dada a esas manifestaciones tan efusivas y expresiones tan distinguidas propias de los finos de la capital. Por eso me sorprendió tanto que, después de casi 70 años, lo sigo teniendo grabado en la memoria y en el corazón. Algo totalmente inaudito porque yo, distraído, torpe, revoltoso e indisciplinado por naturaleza, que no daba una a derechas y siempre acababa metiendo la pata, no acostumbraba a recibir semejante elogio. Pero algo extraordinario debió ocurrir, tal vez fruto de una inspiración divina. Lo que ella me expresó supuso un punto de inflexión que recondujo mi vida abocada al más calamitoso desastre. Me sentí valorado y reconocido. Me sentí normal y hasta importante y mi autoestima que debía estar por los suelos, como por arte de magia, subió a los cielos. Tal vez me reconcilié con el mundo. Exageraciones y fantasías nostálgicas aparte, el hecho es que, desde entonces, -siempre me lo han dicho mis hermanas mayores-, dejé de hacer trastadas y comencé a comportarme como un niño civilizado. “Eres un sol”, me dijo mi madre. Una forma como otra cualquiera de decir “gracias, te quiero”.
Una frase que va más allá de la pura cortesía y tiene más enjundia que la de un requiebro cariñoso. Una frase que dada su capacidad de hermosear las personas nos vendría de perlas si la prodigáramos más. Y es que ser un sol es algo grande, muy grande, como de dioses, pues nos milagrea la vida con su energía, su luz y su calor. ¿Qué haríamos sin él, por poner un ejemplo, los más mayores que ya empezamos a sentir frío el cuerpo en los desapacibles meses de invierno? Una autentica bendición este solecillo de febrero que nos calienta, acompaña y, por un momento, nos hace olvidar penas y amarguras. La grandeza del sol. Algo totalmente saludable, por lo que no es de extrañar que aquella bendita expresión que tan oportunamente enmendó mis despropósitos nos sirva para apreciar y agradecer lo bueno de la gente e incluso, en mentes buenistas y un tanto ingenuas, esperar cualquier milagro. Será por eso por lo que yo, convencido de su potencial transformador y dado a fantasear situaciones prodigiosas, últimamente tengo un sueño recurrente que me reconforta y descongela el alma: en él, el jefe de la oposición y el presidente del gobierno, después de un debate parlamentario, se sonríen y se dicen algo así como: “Pedro (o Alberto), eres un sol”. Y acto seguido surge un diálogo que los envuelve y los ciudadanos, contagiados por tan extraordinario acontecimiento, con los corazones entibiados y las neuronas iluminadas, desarrollamos tan dulce convivencia que ni en la Arcadia Feliz. La pena es que en seguida me despierto. Solo ha sido un sueño, otro más, casi un delirio, pero no me digan que no sería maravilloso.
Sin embargo, no hace falta ser catedrático en Futurología para intuir que la realidad parlamentaria no tiene pinta de que vaya a cambiar: continuaremos con la misma tónica de exabruptos y descalificaciones, debates cargados de ruido y rácanos en razones. Todo mi gozo en un pozo, con lo que me hubiera gustado piropear a sus señorías. Así que, desilusionado y abatido, lo guardaré para quienes verdaderamente se lo merecen porque alegran nuestra tantas veces apesadumbrada existencia; y, por esa razón, aprovechando que el Día de los Enamorados está al caer, a la mujer que comparte mi decadencia y perdona mis miserias, ¿puede haber algo más luminoso?, como lo hizo mi madre, emocionado le diré: eres un sol, compañera del alma, compañera.