"Ambos pusieron la verdad antes que sus convicciones, aunque eso supusiera fallar a los suyos y ser marginados"

Actualizado el 09/01/2024 a las 18:03
Hasta el 28 de este mes pueden verse en el museo Cerralbo -uno de esos pequeños museos madrileños, siempre sorprendentes- las fotos de Sebastian Taberna, el Capa requeté le bautizaron, un pamplonés que fotografió lo que se ha llamado el rostro de la guerra: fotos magníficas de los soldados en el frente, a veces en alpargatas, calentándose junto al fuego en las cumbres de Guadarrama, empapados en Jadraque; rostros curtidos, ojos en blanco, cadáveres sobre un mulo, niños revoloteando, el horror y la miseria cotidiana de la guerra. En cualquiera de esos rostros están todos los rostros de aquella guerra y cada uno tiene su historia y de pronto, al verlos, he recordado algo que cuenta Simone Weil, esa escritora única, atormentada, que terminó en un cristianismo desgarrado y místico. Weil estuvo en la guerra española, voluntaria en un batallón anarquista en el frente de Aragón, y cuenta que un día hicieron prisionero a un muchacho muy joven, lo interrogaron y le encontraron un carnet de Falange. Enseguida le llevaron ante Durruti, el mítico dirigente anarquista, quien le instruyó durante varias horas en la doctrina libertaria y luego le dio a elegir entre ser fusilado o cambiar de bando y unirse a los anarquistas. Tuvo toda la noche para pensarlo, pero a la mañana siguiente el muchacho dijo que prefería ser fusilado antes de traicionar a sus compañeros. Aquella misma mañana, cuenta Weil, lo fusilaron. Esta historia, junto con otras parecidas, se las contó Weil en una carta a Bernanos, otro escritor francés al que nunca conoció, pero que al morir llevaba la carta de Weil, amarillenta por el paso del tiempo, en su cartera. Bernanos fue un escritor católico que no tuvo reparos en denunciar las matanzas que el ejército franquista -los de su propio bando- habían hecho en Mallorca, en un libro que se llama Los grandes cementerios bajo la luna. Ambos pusieron la verdad antes que sus convicciones, aunque eso supusiera fallar a los suyos y ser marginados. Nunca -decía Weil en aquella carta- he podido olvidar la cara de aquel muchacho.