"Las decisiones importantes nunca han de tomarse de noche. Hay que esperar al día, donde todo es de pronto distinto"

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Pedro Charro

Publicado el 01/01/2024 a las 05:00

Desde Navidad, más o menos, han menudeado los días rasos, fríos, transparentes. El amanecer era una llamarada naranja tras los montes y desde la ventana, entre dos luces, se veía la escarcha que cubría la hierba, como la harina en un belén. A la noche, la luna, a punto de su cénit, alumbraba. El mismo día 25 di un paseo temprano por la espalda del Perdón, por donde el incendio de hace un par de agostos casi dio con todo. En los brotes del cereal ahora se reflejaba el sol, el muérdago colgaba de los árboles, había bandadas de pájaros inquietos volando de aquí a allá, sin decidirse, el suelo estaba duro, apretado. Por un camino llegué a un despoblado y una ermita cerrada a cal y canto que se llama San Pedro de Auriz. A lo lejos, tapados por grandes sombreros, pasaban dos coreanos hacia Santiago. La ermita tiene la presencia rotunda y simple de su origen románico, que empalidece ante la cercana joya de Eunate. Cuando terminé el paseo la luz había decaído, el sol se filtraba tras un velo. Ya se sentía el atardecer. Estos son los días más cortos del año, breves como un destello, y por eso se paladean más, como un regalo. Enseguida se anuncia y llega la noche gélida, con su gesto grave que manda recogerse. La noche es más profunda y oscura de lo que el día sospecha, escribió con razón Nietzsche. Mahler usa estas palabras, teñidas de sentidos ocultos en una de esas sinfonías tan solemnes, que no acaban nunca. La noche nos confunde, nos hace ver las cosas fúnebres, tenebrosas, todo nos parece desmedido, imposible, peor que nunca. Las decisiones importantes nunca han de tomarse de noche. Hay que esperar al día, donde todo es de pronto distinto. La noche no puede vencernos. De camino hacia la bellísima Navarra media he visto despuntar el día que iba abandonando a la noche, las hilachas de niebla que todavía quedaban se iban deshaciendo, dejando ver el paisaje, como si el mundo se inaugurase en ese momento. Era la quietud del amanecer, confiada, como si supiera que a partir de ahora la luz tiene ganada la partida.

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