"En otoño se respira el cambio"

Publicado el 23/10/2023 a las 05:00
No sé quién eres, qué haces, dónde vives, ni qué piensas. Si eres de izquierdas o de derechas. Sólo sé que me saludaste cordialmente en la calle y que me dijiste que mis reflexiones te inspiraban. Me animaste a seguir escribiendo. Tu gesto anónimo y gratuito me sorprendió mientras daba un paseo. Primero, la sospecha. Estamos envenenados por la sospecha al otro. Luego, una cierta emoción. ¿Desde hace cuánto tiempo no te saluda alguien en la calle, con una sonrisa amable, con la cara iluminada de alegría, como si fuera una lámpara de entusiasmo? Nos hemos olvidado de saludar, incluso, muchas veces, de decir buenos días, buenas tardes o ¿qué tal estás? ¿Sabrán nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos, saludar con cortesía y mirada atenta a nuestros prójimos? Prójimo en hebreo significa “el que está a mi lado”, el que puedo tocar.
Todo eso pensé cuando este prójimo anónimo se alejó después de saludarme en el centro de la ciudad. El gran patrimonio de esta tierra no son solo sus bellos paisajes, el PIB per cápita, la gastronomía o la calidad de vida de su gente, sino especialmente la gentileza y la cortesía, que todavía no se han perdido. Por eso me gusta vivir en Navarra, porque el prójimo no ha muerto.
Todos los días veo zombis en todos los sitios, por la calle, en el supermercado, en el trabajo, en el telediario, en todos los sitios. No sé qué buscan, creo que “pokemones” imaginarios. O quizá soy yo el zombi de una especie en extinción, la de los que recorremos las zonas verdes para contemplar los árboles, para escuchar los pájaros cantar, para conmovernos con la risa de los niños correteando por los parques o la que sale a la calle para encontrarse con otros seres humanos. ¿Cómo se habrá llenado nuestro mundo de estas personas que han ido cogiendo espacios públicos, en la calle, en los trabajos, en la política, en los colegios, en las universidades, en los telediarios? Son personas que no iluminan, sino que intentan brillar en sus micromundos mirándose el ombligo alimentando los egos hasta la saciedad. Generalmente viven sumergidos en sus pantallas onanistas como muertos en vida sin sentir, sin amar, sin emocionarse nunca, sin asombrarse con el vuelo de las grullas o los juegos graciosos de las ardillas entre los árboles centenarios de Pamplona. Son como vampiros que se alimentan de la realidad virtual. Caminamos por senderos opuestos, ellos buscan 'pokemones' y yo busco la verdad perdida, la poesía extraviada.
¿Cuál será la causa o las causas? Aventuro datos: los españoles invertimos una media 3 horas y 40 minutos cada día en el uso de nuestro móvil, lo que significa que pasamos prácticamente 24 horas a la semana enganchados al smartphone, casi un día completo a la semana, según el informe sobre hábitos de consumo digital, Digital Consumer By Generation. Mientras los jóvenes dedican a las pantallas más del doble del tiempo recomendado por la OMS. ¡Una burrada! Claramente hemos perdido el norte. Lo importante está dejando de ser lo importante.
En estos días crispados y polarizados, en que nos refregamos unos a otros más lo que nos divide que lo que nos une, tal vez sería el momento de volver a saludarnos por la calle, mirarnos a la cara, ser amables, afectuosos. Buenos modales mínimos, que siendo mínimos son la base, el suelo firme de la convivencia.
La oxitocina es una hormona muy potente que actúa en el centro emocional del cerebro, fomenta sentimientos de alegría y reduce el estrés y la ansiedad. La cultura popular dice que necesitamos cuatro abrazos al día para sobrevivir, ocho para mantenernos y 12 para crecer, ¿cuántos dais vosotros? En las ciudades pequeñas, como Pamplona, todos se saludan. Y, a veces, el saludo es el inicio de una conversación y el anónimo deja de ser anónimo y tiene nombre propio, y una historia. Hay que tender la mano en el aire, crear puentes invisibles entre nosotros, sostenernos unos a otros en una sonrisa o en un saludo, porque la verdadera revolución personal y social comienza con un saludo, como el que me dio mi anónimo amigo que se cruzó conmigo dándome, sin quererlo, una lección de vida.
Ahora yo también saludaré a quien se me cruce por delante, aunque no reciba de vuelta nada o una mirada de sospecha y rechazo. ¡Preparaos! ¿Qué pasaría si comenzáramos a saludarnos todos, en los ascensores, en las cafeterías, en la calle, a ese vecino que, por no saludarlo nunca, hemos condenado a la inexistencia? Que este otoño, siempre particularmente nostálgico, sea el otoño de los saludos y de un cambio interior, como escribió el poeta chileno Pablo Neruda, “En Otoño se respira el cambio”.
Roberto Cabezas Ríos, Expert in Higher Education Management, Universidad de Navarra