"A qué negarlo, el otoño navarro es de primera división"

Actualizado el 27/08/2023 a las 10:04
Ya se asoma en el horizonte un mes que para uno suponía la llegada de la larga angustia colegial. Los signos eran inequívocos, en el Cantábrico comenzaban las mareas vivas. Las orillas se cubrían de retales de redes, algas y espuma cremosa. El cielo tornaba a un gris humo y en los escaparates se vendían ya uniformes colegiales. Los siguientes preámbulos no dejaban lugar a dudas: regreso a Pamplona, que se me antojaba un poco más opresiva. Había que comprar una trenca irrompible para pasar los fríos invernales; adquirir los libros de texto, a los que había que vestir con un forro plastificado. Con qué temor reverencial hojeaba uno aquellos libros más gruesos y pesados que los del curso anterior, más apretados de letras y diagramas esotéricos. Latín, Matemáticas, Inglés… los tres jinetes del apocalipsis ante los que uno se juramentaba, un año más, para llevar las lecciones al día. En vano. Total, a mi madre ya se lo había pronosticado un responsable de la dirección del colegio: “Señora, sus hijos nunca llegarán a nada.” Pleno al quince. Sin él saberlo, aquel pobre hombre había parafraseado el título del primer libro de Juan Benet, que por supuesto no había leído ni leería jamás. Pero no todo son malas noticias, septiembre es el enero del último cuarto del año; otra página en blanco, una meta volante desde la que descender el último puerto hacia las navidades. Antes del cambio climático, el color de los árboles languidecía y la luz adquiría un tono almibarado. A qué negarlo, el otoño navarro es de primera división. Esa belleza me dejaba un hueco en la boca del estómago. Pero al finalizar septiembre, se anunciarían signos propicios. Pronto se escucharían los primeros disparos en el monte y muy de mañana haría lo que más me gustaba: ser el perro de caza de mi padre. La noche anterior engrasaría su escopeta, rellenaría la canana y mi madre nos prepararía unos bocadillos de tortilla. El invierno ya se acercaba con pasos fríos mientras yo venteaba un rastro entre las encinas, feliz, ajeno a todo.