Cartas de los lectores

Una sanidad pública (muy) mejorable

Ilustración de diferentes objetos sanitarios
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José Luis Blas Arroyo

Publicado el 20/08/2023 a las 06:00

El pasado miércoles 26 de julio, mi padre, de 95 años, ingresó en el Hospital Reina Sofía de Tudela con un cuadro de hematuria y una fuerte neumonía, como se diagnosticó inicialmente en el servicio de urgencias. Con estos síntomas, fue trasladado inmediatamente a planta, donde el médico que lo atendió confirmó la gravedad de su estado. Además, dada la completa desorientación tras el ingreso, el facultativo me pidió que firmara el documento preceptivo para la realización de un escáner, con el que valorar posibles tratamientos o cuidados paliativos posteriormente. El problema es que ese escáner que, en palabras del médico, debía ser inminente dada la gravedad del caso, no se llevó a cabo ni ese miércoles ni ningún otro día de la semana. El motivo: el hospital estaba a medio gas porque… eran las fiestas de Tudela.

Resulta inconcebible que un país que presume de tener uno de los mejores servicios de sanidad pública del mundo pueda paralizar la actividad normal de un hospital por coincidir con las fiestas patronales de la localidad en que se encuentra. Durante aquellos cinco larguísimos días, mi padre agonizó en un estado de confusión completo, con continuos delirios y quejidos constantes que apuntaban a un dolor que no se trató con tratamiento paliativo alguno. Cuando finalizadas las fiestas, el lunes 31 se realizó finalmente el escáner, se comprobó que tenía una metástasis generalizada, fue sedado y pocas horas más tarde fallecía. Desde entonces, no he dejado de pensar que ese mismo tratamiento se podría haber practicado desde el principio, y que a mi padre se le podría haber ahorrado un sufrimiento que no merecía.

Lo anterior habla a las claras del acusado deterioro que sufre la sanidad pública española, incluso en territorios que, como Navarra, presumían de estar por encima de la media. Pero también de una innecesaria burocratización, así como de falta de flexibilidad, y aun humanidad en muchos casos, en el tratamiento de los enfermos. Pese al evidente sufrimiento de mi padre, los calmantes durante aquellos días no pasaron del Paracetamol o el Nolotil, cuando era evidente que necesitaba algo bastante más efectivo. Por no hablar de que, a una persona de 95 años, en el estado en que se encontraba, se le puso en la habitación junto a otro enfermo, quien, lejos de recuperarse de su dolencia, se pasó varios días con sus noches sin pegar ojo, por los continuos quejidos de mi padre. A tal punto llegó que, al cabo de ese tiempo, los mismos responsables de la planta decidieron trasladarlo a otra habitación, en la que finalmente falleció.

Con estas palabras no deseo poner en cuestión el comportamiento de los facultativos, enfermeras y demás personal que atendieron a mi padre durante aquellos días, y que, en su mayoría, hicieron todo lo posible por cuidarlo de la mejor manera posible. Pero sí de un sistema que es manifiestamente mejorable, como, por desgracia, he tenido ocasión de comprobar.

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