Cartas de los lectores
Con derecho a voto


Publicado el 22/07/2023 a las 06:00
Pedro Sánchez nunca ha contado con el fervor de la mayoría de los españoles. Sus resultados en las elecciones generales han estado siempre muy lejos de la mayoría absoluta. Una manipulación jurídica torticera le sirvió a Sánchez en bandeja de plata la cabeza de Mariano Rajoy. 84 diputados socialistas avalaron una moción de censura que salió adelante el 1 de junio de 2018 con el apoyo de 96 diputados pertenecientes a partidos de extrema izquierda integrada por comunistas (Podemos) e independentistas vascos y catalanes. Sánchez formó un Gobierno monocolor. El 10 de noviembre de 2019 se celebraron nuevas elecciones en las que Sánchez obtuvo 120 escaños. Le faltaban 56 para la mayoría absoluta. A partir de ahí, Sánchez se quitó la careta. Después de acusar de mentiroso a Pablo Iglesias y de anunciar que no podría dormir por las noches si tuviera que compartir el Gobierno con Podemos, veinticuatro horas después de conocer el resultado electoral se entregó en sus manos. Pero no le bastaba. Necesitaba más apoyos. Pactó con ERC crear una mesa bilateral para la solución del conflicto catalán, donde se negocia en la oscuridad. Y blanqueó el tenebroso y criminal pasado de ETA tras conferir patente de demócrata a Otegui y convertir en socio preferente a Bildu. En Navarra, en un permanente estado de sumisión a Sánchez, las promesas electorales de Chivite respecto a Bildu se las llevó el viento.
Se suele decir que Sánchez, con tal de mantenerse en el poder, es capaz de vender su alma al diablo. De ahí que no vacile en aceptar las condiciones que sus socios le imponen, aunque sean contrarias al pensamiento democrático y constitucionalista del PSOE. En mi opinión, hay más motivos. Sánchez no sólo ha traspasado sus propias líneas rojas por imposición de sus socios, sino porque sus transgresiones reflejan que comparte una misma ideología. Sánchez se considera el nuevo mesías de la socialdemocracia mundial que vuelve a sus orígenes marxistas. Desprecia la democracia liberal porque no es más que un parapeto del patriarcado que sustenta al neocapitalismo opresor. Y en eso se dio la mano con Pablo Iglesias y ahora flirtea políticamente con Yolanda Díaz. Pocas veces sale de su boca la palabra libertad. El escenario mesiánico solo incluye la igualdad entendida como exaltación de lo público, que conduce inexorablemente a la miseria y a la autocracia. De ahí que jamás haya condenado dictaduras terribles como la cubana o la venezolana. La lista es interminable.
En estas circunstancias, este 23J la sociedad española tiene en su mano cambiar de rumbo. En las elecciones se eligen diputados y senadores. Pero los electores saben qué significa votar a un partido o a otro. Algunos valoran la posición de cada partido en la defensa de la identidad y fueros de Navarra y en la aplicación de políticas de progreso. Hay quien puede valorar que la eficacia de los parlamentarios se multiplica cuando forman parte de los órganos de decisión del partido en el Gobierno, sea quien sea. En cualquier caso, el voto es un derecho fundamental. Su destino son las urnas, no las papeleras.