"Cuando Hemingway miraba a otro lado"

Publicado el 14/06/2023 a las 06:00
Hace un tiempo, en algunos cafés europeos, se solía exhibir un letrero: “Aquí nunca estuvo Hemingway”, decían los carteles. En Pamplona y en Europa creo que funcionaría una guía sobre esa increíble presencia de Hemingway en todas partes, pero ese es otro tema. El premio Nobel de literatura sí que estuvo en Pamplona y el 6 de julio se cumplen cien años de su primera experiencia sanferminera.
Por los actos, conferencias y hasta recorridos de tapas programados en torno a Hemingway por media España, creo que estos días se hablará de su obra y de sus complicadas psicopatologías personales, pero sospecho que se discutirá poco de su perfil como periodista.
Hemingway visitó una Pamplona que empieza a moverse en la banda sonora de los felices años 20, poco antes que la dictadura de Primo de Rivera implante en los ruedos el peto a los caballos de picar y en la prensa imponga la censura previa y mande periodistas a la cárcel. Era una capital de poco más de 30.000 habitantes (20% de analfabetos y repartos de comida gratuita) que ya recibía trenes repletos de visitantes. A Hemingway, absolutamente desconocido en Pamplona, aquellos Sanfermines con lluvia le sacuden el alma. Encuentra algo prodigioso, delirante y emocional.
Llega desde París impactado por haber contemplado como conductor de ambulancias demasiadas sangrías de jóvenes muriendo en Italia durante la Primera Guerra Mundial. Pero en contraste con la muerte a la fuerza y obligada de los soldados, se encuentra en San Fermín con una versión inesperada de la muerte convertida en puro juego ante un toro en medio de una gran fiesta. Se topa con una manera desconocida para él de doblegar sus obsesiones: el valor y la muerte en forma del desafío voluntario de unos pamploneses ante esa fuerza de la naturaleza que es un toro. San Fermín le ataca la cabeza y el corazón, y regresa el año siguiente a esa comunidad disfrutona, pero, inesperadamente, vuelve a encontrarse con la verdad radical de la muerte: la de Esteban Domeño, fallecido en el encierro. De esta forma interpreta el peligro y el universo taurino como una condición excitante para sentirse más vivo.
Al otro personaje de esta historia, su amigo John Dos Passos, los Sanfermines no le impresionan demasiado, acaso porque su ascendencia portuguesa le resta capacidad de sorpresa ante el espacio que la fiesta ocupa de forma natural en la cultura latina. Al comienzo de la guerra española Dos Passos se encuentra en Madrid con Hemingway y con su amigo José Robles, este último traductor al castellano de su obra Manhatan Transfer.
Robles, profesor universitario que prefirió abandonar la comodidad de sus clases en Baltimore por afecto a la República, ejerció de encargado de prensa y colaborador de un general ruso que fue purgado por Stalin. Con la llegada de asesores soviéticos Robles es sacado de su domicilio y desaparece porque, según supone Dos Passos, sabía demasiado.
Mientras Dos Passos investiga y exige explicaciones Hemingway le indica que, por el bien de la República, se olvide de la verdad que, al fin y al cabo, es una muerte colateral, una más en una guerra. Curiosamente Hemingway, el paradigma del hipermacho valiente amante del riesgo, prefiere mirar a otro lado. Él, que había hecho suyos los versos del poeta John Donne, aquellos que nos recuerdan que la muerte de cualquier ser humano nos disminuye porque somos parte de la humanidad, el Hemingway que afirma que las campanas doblan por nosotros cuando alguien muere... no ofreció excesivas pruebas de valor ante el gobierno republicano para esclarecer la muerte de Robles.
En este aspecto de profesionalidad y ética periodística ante la verdad, me inclino por el John Dos Passos que llama a puertas, husmea e incomoda. Un documental de la directora Sonia Tercero (”Robles, duelo al sol”) con testimonios de descendientes de los protagonistas de este episodio revela cómo Dos Passos peleó por conseguir de las autoridades republicanas un certificado de defunción de una muerte no registrada para que la viuda de su amigo pudiera cobrar un seguro de vida en Estados Unidos.
Comprender a Hemingway resulta complicado. El hombre con tanta necesidad de aprobación, el hombre que tomó los remos para cruzar el Ebro, tampoco dijo nada del Franco dictador en sus últimas visitas a España. Mary V. Dearborn, en la única biografía de género, editada en 2017, opina que ni era un tipo duro, ni hipermacho, sino un esclavo de su leyenda al que se le podía herir fácilmente. Un tipo que se proyectó como un mito y cuyo inventario amoroso, sospecha, no habría ido más allá de media docena de mujeres.
Me entristece el Hemingway de infancia complicada y de final trastornado, pero no me molesta para nada, al contrario, que haya disfrutado en Navarra de su gente y de nuestros excesos porque los culpables de la masificación de turismo cutre y de botellón no son sus novelas sino el actual diseño de la fiesta. Aunque no recomendaría Fiesta, su breve y monumental El viejo y el mar nos ayuda a dar forma a la vida, acaso tanto como a él el toro.
Gabriel Asenjo Doctor en Ciencias de la Información