"El dilema israelí"

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Iñaki Iriarte

Publicado el 06/04/2023 a las 06:00

El próximo 14 de mayo se cumplirán 75 años del establecimiento del Estado de Israel. No parece que vaya a ser un aniversario plácido. Desde comienzos de año se vienen produciendo en el país protestas multitudinarias en contra del gobierno de coalición de derecha y extrema-derecha dirigido por Netanyahu, principalmente, con motivo de un proyecto de reforma del poder judicial -aunque también en contra de la creación de una “guardia nacional”, independiente del ejército y a las órdenes de un ministro de extrema-derecha-. De acuerdo con sus críticos, la reforma judicial implicaría el fin de la separación de poderes en Israel y, por lo tanto, el inicio de una dictadura. De acuerdo con sus defensores, el proyecto simplemente garantizará la preminencia del poder legislativo, el único elegido por el pueblo, sobre los jueces, a menudo simpatizantes de los partidos de izquierda. La polarización en torno a estas cuestiones ha enconado hasta tal punto los ánimos, que en los medios han proliferado las advertencias acerca del riesgo de una “guerra civil”. El propio Netanyahu, que hace unos días anunció su intención de aparcar cautelarmente el proyecto, ha declarado haberlo hecho “para evitar una guerra civil”. Una retórica exagerada, aunque ciertamente a lo largo de las últimas semanas han menudeado los disturbios, las agresiones a opositores y árabes e, incluso, se ha desbaratado un plan de extremistas para atentar contra manifestantes de izquierda.

Incluso dejando de lado el problema palestino (un fuego que parece estar a punto de reavivarse), Israel es un país extraordinariamente complicado. Tanto que, a la vista de sus condicionantes sociales y territoriales, sorprende la buena marcha de su economía (una renta per capita de 55.000 dólares, una tasa de paro del 4.7%, un presupuesto con superávit del 0.6%). El “Estado de los judíos” comenzó a proyectarse en la cabeza de Theodor Herzl, el padre del sionismo moderno, a finales del siglo XIX. Casi indiferente a lo religioso (ni siquiera circuncidó a su hijo), había llegado a la amarga conclusión de que los judíos nunca dejarían de ser rechazados por los cristianos y de que no se recuperarían de la depresiva “psicología del gueto”, hasta que dispusieran de un Estado propio. Cuando Herzl empezó a recorrer los despachos de políticos y financieros para llevar a cabo su proyecto, suscitó sonrisas escépticas. Fallecido en 1904, no pudo ver cómo su sueño se convertía en una realidad, precaria en 1948, pero incontestable a partir de 1973.

Desde entonces, sin embargo, la construcción de una sociedad israelí cohesionada se ha revelado un problema muy difícil de resolver. Ya antes de 1948 era fácil de constatar la enorme heterogeneidad de los inmigrantes judíos que se habían asentado en la zona a partir de 1880. Algunos eran ferozmente laicos, mientras que para otros la religión constituía el eje de su existencia. Aunque el yiddish estaba muy extendido, otros lo desconocían y muchos lo rechazaban como una lengua alógena, propugnando, por el contrario, la adopción como lengua nacional del hebreo moderno, que, en cambio, era visto como una jerga impía por los judíos religiosos. Esa heterogeneidad se acentuó a partir de 1948, con la llegada de cientos de miles de judíos orientales, expulsados o migrados desde los países árabes y, más tarde, con la de judíos etíopes, americanos, rusos, georgianos, etc. Después de miles de años de vida separada, todos esos colectivos carecían de una lengua común, de códigos de comportamiento similares, de patrones culturales parecidos, etc. Incluso entre los religiosos se producían no pocas diferencias, puesto que el judaísmo se componía de multitud de grupos, sectas y corrientes con creencias y liturgias diversas.

Amalgamar y cohesionar a toda esa población en el día a día ha representado un auténtico desafío. Durante las décadas en las que Israel estuvo sometido a una amenaza existencial, por la animadversión de sus vecinos árabes, la sensación colectiva de ser una fortaleza sitiada le permitió invocar un espíritu de unidad que conjurara las tensiones internas. Pero conforme Israel ha logrado una superioridad militar aplastante en la zona y el terrorismo se ha convertido en un fenómeno esporádico, tales tensiones han comenzado a manifestarse con una virulencia creciente.

Es cierto que todas las sociedades modernas se enfrentan al difícil problema de definir un proyecto de vida en común a quienes ya no comparten ni origen, ni creencias, ni vivencias similares. Pero en el caso de Israel dicho problema tiene una índole todavía más acuciante. La existencia de una identidad judía, la legitimidad del retorno a Palestina de los judíos y el establecimiento de un Estado en la zona dependen, en efecto, de la veracidad y la aceptación de la historia bíblica, de las promesas divinas de un territorio para el Pueblo de Dios y de una redención, ligada a dicho retorno. Sin embargo, como habrá comprendido cualquiera que haya visitado Tel Aviv, Haifa o Eilat, hoy la sociedad israelí no puede hacer reposar su identidad y su cohesión interna en los textos bíblicos. Una parte de esa sociedad siente como un corsé insoportable el sabath, la comida kosher, la legislación basada en los preceptos halájicos, el peso de la religión en la vida política, la educación, etc. Y desde hace décadas ha visto en los jueces su principal garantía frente a las presiones de los sectores religiosos. En cambio, otra parte de la sociedad israelí considera que, sin esos contenidos religiosos, el Estado de los judíos habrá dejado ya de ser judío y se habrá convertido en una republiquita occidental y progresista insertada a martillazos en Oriente Próximo. Carente de alma, de identidad, ni tendrá legitimidad, ni fuerza de voluntad para permanecer unidad y soportar la presión del entorno. Es dudoso que esta parte de Israel gane el pulso. Pero también es cierto que no tiene otro lugar al que ir.

Iñaki Iriarte López Profesor de la EHU/UPV y parlamentario foral de Navarra Suma

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