"La Primavera la sangre altera"

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Luis Arbea

Publicado el 22/03/2023 a las 06:00

Del invierno apenas algún pálido eco. Un ambiente luminoso y cálido que entibia los corazones… y altera la sangre. Lo insinúa el refrán popular y también los estudios neuropsicológicos que evidencian que su luz creciente favorece la secreción de las hormonas que estimulan la actividad, el encuentro amoroso y potencian el buen humor y nuestras ganas de vivir. Una luz apasionada que descongela el alma y abre las puertas a la sonrisa y al beso. Pues sí, la primavera ya está con nosotros y como todos los años nos anima a ir cargando pilas, salir a la calle y disfrutar al máximo de la vida: sencilla y divertida manera de sentirnos jóvenes, de no envejecer. Estamos de suerte, la eterna juventud a nuestro alcance sin necesidad de hacer, como Fausto, ningún pacto extraño con el diablo, uno tiene la edad de sus pasiones y la frescura de sus sueños. Esa euforia primaveral que rebosa energía y optimismo, auténtica terapia para espíritus aletargados, natural y, por extraño que parezca, gratuita.

Pero este triunfo de la luz es algo más que un canto lírico y vitalista: no solo un ilusionante estímulo motivador y emocional, sino también un aliento psicológico que ilumina los cerebros y nos posibilita una mayor claridad de ideas, una conciencia más profunda. Esa lucidez que nos ayuda a discernir lo verdaderamente importante de lo superfluo, el trigo de la paja, lo verdadero de lo falso, en última instancia, lo ético y justo de lo inmoral. Una inmejorable oportunidad de mejor saber dónde estamos y dotar de mayor equilibrio y coherencia a nuestro tantas veces desorientado comportamiento y confuso caminar. Pero aquí no acaba la cosa, el milagro de la primavera va todavía más allá porque, a imagen y semejanza de la siempre sabia naturaleza, nos incita a la renovación y al cambio. Nos sugiere resurgir y rebrotar como hacen todos los años los árboles y las plantas, nuevas hojas, nuevas flores. Nueva savia, sangre renovada, “renovarse o morir”, lo hemos oído desde pequeños. Renacer como el Ave fénix de nuestra cenicienta hibernación mental.

En efecto, un renacimiento nos llama a la puerta ofertándonos unas nada desdeñables posibilidades de poner un poco más de color a nuestra con frecuencia plomiza existencia: vivir a tope, despertar de ese cómodo letargo en el que muchos de nosotros estamos sumidos y renovarnos, esta es la excelsa composición de este bálsamo prodigioso. “Quien vive con intensidad el presente no muere nunca”, interesante y contundente, a la vez que poética, la sentencia del filósofo austriaco L. Wittgenstein. Y la primavera nos inyecta entusiasmo y deseos de disfrutar de cada momento, extraordinaria metáfora de la vida. Por otra parte, tampoco estaría de más despertar esa apasionada conciencia crítica (normalmente demasiado adormecida) que no se deja engañar y denuncia todo lo que restringe y socava nuestra dignidad lo que nos empujaría a asumir un mayor compromiso social. Y, por supuesto, en la misma línea, tampoco deberíamos obviar la maravillosa ocasión que se nos presenta de renovar nuestro chip adaptativo y adoptar un proyecto de vida más cabal y auténtico, esto es, con mayor sentido. Estaría de diez. ¿Un brindis al sol?, ¿típica euforia de temporada?, ¿elucubraciones de un viejo idealista? Tal vez, pero si al menos, por el tiempo que fuera, nos dejáramos seducir por estos cantos de sirena, eso que llevaríamos por delante hasta el nuevo renacer primaveral que volverá a removernos las entrañas e invitarnos, un año más, a esa diálisis del alma que, sin duda, nos ayuda a estar más sanos. Ciertamente la primavera la sangre altera y la renueva… y hasta nos puede hacer mejores.

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