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"¿Por qué nos arrastra el consumismo?"

Avatar del Antonio Sánchez-Asín Antonio Sánchez-Asín09/01/2023
El consumismo se semeja cada vez más a una respuesta refleja, a una manera de compensar frustraciones, desilusiones, soledades, depresiones, hasta el punto de proclamar sus beneficios como una acción terapéutica o una variante de ocio, cuando, la mayoría de la veces, no deja de ser un mimetismo enfermizo para no aparentar menos que los demás.
En general, somos consumidores pasivos de la publicidad. Llega el momento que, en vez de sentir como personas, llegamos a actuar, pensar y sentir como colectividades teledirigidas, carentes de conciencia crítica. Creo que se llega a consumir imagen y nos dejamos moldear para ser fagocitados por estilos y modelos, cuya meta es poseer y pensar. La publicidad, con sus cansinos y estudiados mensajes, suele incitarnos a pensar en una mejor calidad de vida para consumir irracionalmente un aluvión de productos variopintos, llevándonos a sucumbir como ingenuos adictos sin calcular los efectos que desencadenará su adición sobre el comportamiento de quienes la consumimos.
Nos arrastra la aceleración en nuestras vidas, por la tiranía del reloj, las reuniones estériles, la agenda, los embotellamientos de la circulación, los irritantes cortes de tráfico, la escasez de espacios para aparcar, los enjambres humanos en las superficies comerciales, la fascinación de las vallas publicitarias. ¿Por qué seguimos llamando a este amasijo calidad de vida? No sabemos diferenciar claramente si lo que compramos es para mejorar nuestro bienestar o perder parte de nuestra libertad, por la subordinación que ello representa, como válvula de escape, al tener que estar esclavizados por el ritmo que marcan los falaces eslóganes, muchas veces, como cantos de sirena para envolvernos en sus fascinantes musiquillas y no poder sustraernos a sus subliminales imágenes.
Bertrand Russell recibió este sabio consejo de su madre: “Haz lo que tengas que hacer aunque estés en contra de la mayoría”. Hoy día, sustraerse de lo que hacen las mayorías representa una amenaza, pues se están produciendo hormas mentales que van desde la moda y la dieta, a la ostentación estética, desembocando ello en la carencia de escala de valores.
Por otra parte, el exceso de estrés, por poner la primacía en el trabajo o en metas económicas, zambulle a muchas personas en el aislamiento y, consecuentemente, en la soledad, teniendo como refugio el ordenador, la bebida, el móvil o los videojuegos, etc… ingredientes que van minando la salud mental, constituyendo, muchas veces, un serio peligro para la buena integridad de su entorno, generando conflictos interpersonales de cariz neurótico y, cuando no, paranoico.
Un reflejo de la esquizofrenia consumista es la facilidad con que los padres capitulan ante las caprichosas demandas de sus hijos, en todo aquello que representa adquirir sin ningún esfuerzo la imposición del bombardeo publicitario. Además, el mimetismo juvenil coincide en demandar las mismas marcas de ropa, calzado, gafas, móviles, la moto, el móvil de última generación y el patinete eléctrico… Con ello tratan de justificar sus primeras andaduras de independencia y emancipación familiar; con el anterior cuadro, tenemos la fórmula perfecta que atina con los convencionalismos sociales más típicos, consecuencia de lo que venimos planteando y denunciando.
Concretando, me permito decir que todas estas situaciones no son más que un reflejo de un falso cliché que, vamos interiorizando como víctimas inconscientes de un intenso machacón, que no hace más que cargar la economía familiar, acceder a los caprichos de los hijos y conformar en estos una personalidad títere y, a veces, hasta tiránica, que les atrofia y mengua arrestos para desarrollar una personalidad combativa, no sabiendo renunciar y sustraerse a los cantos de sirena de la publicidad e ignorando el valor y el coste de trabajo que hay detrás de las cosas que se adquieren.
Se habla muy poco de la sobriedad, entendida como la capacidad para saber tener mesura ante las cosas que compramos, para no desbordar las propias posibilidades saber elegir, respecto a los propios recursos sin el peligro del derroche, del peligro de comprar por comprar. Se compran muchas cosas que después no se utilizan y, encima, vivimos esclavizados para pagar una retahíla de letras, reparaciones, para parar en los rincones de un desván o en el cementerio de los desguaces, esperando el día que un golpe de histeria las conduzca embolsadas al container, para reemplazarlo con rapidez, , por otro cachivache más esnobista, esperando la propaganda de una nueva promoción.
Jean Paul Marat nos dejó esta cita que responde muy bien a lo que venimos planteando: “Para encadenar a los pueblos, hay que empezar por adormecerlos”.
Antonio Sánchez Asín Profesor Emérito de la UB. Psicólogo y Pedagogo
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