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La casa del pueblo navarro

Es sorprendente que un pueblo minúsculo consiguiera que todos sus reyes juraran los Fueros

Avatar del Jaime Ignacio Del Burgo Jaime Ignacio Del Burgo06/12/2022
Nuestros antepasados no conocieron nunca la democracia. Nosotros, los navarros de hoy, que vivimos bajo el manto protector de la Constitución de 1978, hemos sido afortunados. Por otra parte, la mayor parte de las generaciones pasadas, desde que Navarra nació a la historia, se vieron obligadas a soportar la miseria y destrucción de las guerras, en buena parte civiles, que abarrotan nuestros libros de historia.
Por eso es sorprendente que un pueblo minúsculo fuera capaz de conseguir que todos sus reyes -y algunos fueron los más poderosos de su tiempo- hasta bien entrado el siglo XIX, se vieran obligados a jurar los Fueros, renovando así el pacto constituyente de la monarquía navarra.
EL SIGLO XIX Y EL RÉGIMEN LIBERAL
Nada cambió en 1515. La incorporación de Navarra a la Corona de Castilla fue por vía de unión “aeqüe principal”, de igual a igual. Navarra permaneció como reino de por sí, conservando “su naturaleza propia en leyes, territorio y gobierno”. Los problemas para la pervivencia de los Fueros surgieron a raíz de la promulgación de la Constitución de 1812, que acabó con el poder absoluto del rey. En Navarra nunca lo había tenido. Pero los liberales de Cádiz entendieron que la libertad y el progreso sólo podían obtenerse mediante un Estado unitario, fuertemente centralizado. El territorio español quedó dividido en provincias. Navarra era una de ellas.
Pero el régimen liberal no se consolidaría hasta 1836. Fernando VII a su vuelta a España en 1814 declaró nula la Constitución. Después de varios vaivenes manchados de sangre, el régimen constitucional se restableció definitivamente en 1836. Un golpe palatino de sargentos y soldados obligó a la reina regente María Cristina a restablecer la Constitución. La primera guerra carlista se hallaba en todo su apogeo. El Pamplona, en poder de los liberales, se implantó el nuevo orden constitucional. El reino de Navarra había muerto. Y con él, los Fueros. Pero no todo se había perdido. La guerra carlista en el Norte finalizó el 31 de agosto de 1839 con la firma del Convenio de Vergara donde había una alusión a los Fueros. El 25 de octubre de 1839 se promulgó la Ley de “confirmación” de los Fueros de las Provincias Vascongadas y Navarra.
El Gobierno invitó a las Diputaciones a tratar sobre la modificación de los Fueros para acomodarlos a la unidad constitucional. La Diputación de Navarra, en manos de liberales “progresistas”, rechazó el restablecimiento del reino de Navarra, por estar anclado en la desigualdad inherente al Antiguo Régimen, pero estaba dispuesta a negociar con el fin que se atribuyese a la Diputación el gobierno y la administración de Navarra. En junio de 1840, los comisionados de la Diputación presentaron “el plan de arreglo de fueros y condiciones con que Navarra ha de formar parte integrante de la Nación española a que se gloria pertenecer”. El 10 de diciembre de 1840 se llegó a un total acuerdo. El pacto alcanzado fue refrendado por las Cortes. Así se gestó la Ley Paccionada de 16 de agosto de 1841. La Diputación se había salido con la suya. El reino de Navarra había muerto, pero en su lugar había nacido el régimen foral.
DE LA PACCIONADA A LA TRANSICIÓN
Aunque el carácter paccionado del nuevo régimen fue cuestionado en ocasiones por el Estado centralista, consiguió sortear todos los peligros. Al inicio de la Transición a la democracia en 1976, Navarra disfrutaba de un alto nivel de autogobierno. Pero no se podía caer en la autocomplacencia. En 1967 obtuve el Premio Biblioteca Olave por mi tesis doctoral sobre el “Origen y fundamento del régimen foral” me entrevistó Diario de Navarra, dije que “el Fuero nos ha metido dentro la idea de nuestra libertad y dignidad”, pero que “el actual sistema electoral es una camisa de fuerza para las instituciones forales”.
A raíz de todo ello, llegué a la conclusión de que había que defender a capa y espada el carácter paccionado de nuestro régimen foral tanto dentro como fuera de Navarra. Estaba convencido de que el centralismo tenía los días contados y que la futura Constitución democrática reconocería el derecho a la autonomía de los distintos pueblos de España. Navarra debía brillar en ese horizonte con luz propia.
La muerte de Franco fue el momento para pasar de las reflexiones jurídicas a la acción política. Había que conseguir la reforma foral democrática, mediante un nuevo pacto con el Estado. La Comunidad Foral, expresión que comenzamos a utilizar en sustitución del adjetivo provincial, debía ostentar en su plenitud la potestad legislativa (que en el antiguo reino las Cortes compartían con el rey). Asimismo, las competencias forales debían abarcar todas las materias ejercidas por el Estado en Navarra, salvo aquellas que fueran inherentes a la unidad constitucional. Con este programa se presentó en Navarra la Unión de Centro Democrático, coalición formada por partidos liberales, demócrata-cristianos y liberales) a cuyo frente estaba el presidente Adolfo Suárez. UCD obtuvo en las primeras elecciones democráticas del 15 de junio de 1977 un gran triunfo electoral con seis de los nueve diputados y senadores asignados a Navarra. El programa de reforma foral del centrismo navarro fue asumido por UCD como partido nacional. Para simplificar su contenido comenzó a utilizar la expresión “Amejoramiento del Fuero”.
LA CONSTITUCIÓN ALLANÓ EL CAMINO
La Constitución de 1978 allanó el camino. La disposición adicional primera ampara y respeta nuestros derechos históricos, como sinónimo de régimen foral. Y la disposición transitoria cuarta dio respuesta democrática al contencioso Navarra-Euskadi al reconocer que sólo el pueblo navarro puede decidir en referéndum su anexión a la Comunidad Autónoma Vasca, exigencia de UCD de Navarra rechazada en un principio por PNV y PSOE.
Por vez primera, una Constitución española reconoce a Navarra como titular de derechos históricos que se concretan en su régimen foral. Puesto que dicho régimen tiene naturaleza paccionada, no había impedimento constitucional alguno para proceder a la novación de la Ley de 1841 mediante un nuevo pacto con el Estado.
En 1979 se constituyó el Parlamento Foral, elegido por sufragio universal. En 1982 se formalizó el nuevo pacto con el Estado. Tras su refrendo por las Cortes Generales se incorporó al ordenamiento jurídico mediante la Ley Orgánica 13/1982, de 10 de agosto, de Reintegración y Amejoramiento del Régimen Foral de Navarra. La reforma foral democrática fue posible gracias al consenso alcanzado por la mayoría de las fuerzas parlamentarias. Sólo votaron en contra los parlamentarios del PNV y afines (5) y la ausencia de los 16 parlamentarios de HB. Votaron a favor UCD (20), PSOE (15), UPN (13) y Partido Carlista (1).
Durante las últimas décadas, se ha producido una gigantesca transformación de la sociedad navarra en todos los órdenes. Somos una Comunidad española dotada de un impresionante nivel de autogobierno. También hemos logrado un gran nivel de bienestar económico, social y cultural. Todo ello está en peligro por la crisis económica, pero puede agravarse por nuestra propia ineptitud o el sectarismo de nuestro Gobierno.
El Estado se ocupa de las grandes infraestructuras y presta numerosos servicios comunes de carácter supracomunitario y en beneficio de todos. Por eso, el Convenio Económico además de armonizar nuestro sistema tributario con el estatal, determina la aportación de Navarra a las cargas generales del Estado. Cualquier nuevo impuesto del Estado debe ser pactado con Navarra. No es admisible que una ministra de Hacienda acuerde la modificación del Convenio con un partido político o un gobierno que considera a Navarra como un territorio irredento.
También como españoles somos europeos y estamos en Europa. Formamos parte del Comité de las Regiones con voz propia, sin la intermediación de nuestros vecinos. Pertenecemos a la Comunidad de los Pirineos y la Eurorregión Aquitania, País Vasco y Navarra, cuya existencia no puede utilizarse con finalidades políticas espurias que conduzcan a la dilución de Navarra en entes inexistentes que respondan al pensamiento nacionalista.
UNA GRAN OBRA COLECTIVA
Una última reflexión. El Amejoramiento no nació ciertamente por generación espontánea. La semilla sembrada fructificó gracias al trabajo de muchos. Fue una gran obra colectiva. Un éxito de la comunidad navarra. Las circunstancias fueron muy difíciles, a veces dramáticas. Fue un periodo de libertad sin paz por la acción de quienes querían amordazar al pueblo. Pero lo que cuenta es el resultado. Hoy tirios y troyanos viven y conviven al calor del Amejoramiento. Y en la gobernanza del antiguo Reino están quienes cuentan con el respaldo de la mayoría y los representantes de los ciudadanos pueden ejercer el control del ejecutivo. Si las cosas van mal la responsabilidad es del gobierno y de la mayoría que lo sustenta. Pero la ciudadanía puede, con su voto, cambiar las cosas. Hay que ser fuerista a las duras y a las maduras.
El Fuero es de todos y el poder foral pertenece al pueblo. Podríamos decir que el Amejoramiento es la casa del pueblo, de un pueblo que como los Infanzones de Obanos ha de estar siempre en pie por la libertad. El peligro está en que algunos, los mismos o sus herederos ideológicos, que hace 40 años intentaron destruirlo con violencia o lo denigraron como falsos profetas, actúen como una quinta columna para derribar la casa del pueblo. Si lo consiguen Navarra dejará de ser Navarra.
Jaime Ignacio del Burgo fue senador constituyente y presidente de la Diputación Foral-Gobierno de Navarra
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