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"La voz ronca de la grulla en la noche es un sonido extemporáneo y por momentos inquietante"

Avatar del Chapu Apaolaza Chapu Apaolaza20/11/2022
Han llegado las grullas a Madrid. Escuché a una de ellas el viernes a la salida de la radio, gruyendo en la penumbra de la medianoche. El polígono de Sebastián de los Reyes a estas alturas parece el Delta del Okawango. Y no me pregunten por qué pasa esto, pero es así y allí, tan cerca de la carretera de Burgos y su sonido de playa lejana, de entre los pinos se arrancan torcaces gordas y sonrosadas, palomas como salidas de un párrafo de Miguel Delibes y los estorninos mueven sobre las copas su bando puntillista de compás tan perfecto.
La voz ronca de la grulla en la noche es un sonido extemporáneo y por momentos inquietante, casi una versión del cárabo solo que más optimista, un poco de pajarón adolescente y de ave a la que le está cambiando la voz. Ya sé que aunque no pueda verlas, las grullas siguen volando de noche en sus escuadrones en forma de flecha. Ya en casa me asomo a la venta apátrida de la buhardilla en la que a veces me paro a mirar las cosas que en realidad no están allí pero que añoro, y me imagino a las grullas navegando los nublados naranjas de la madrugada de Madrid.
La grulla, pájaro elegante siempre alerta, estático sobre una sola pata a la espera de que pase el insecto ante ella y entonces -¡chás!- suelta el disparo de su pico afilado. Grullas de los dibujos de los japoneses, grullas de perogrullo, grullas de un poema de Schiller y grullas de Íbico a las que el poeta griego, contemporáneo de Anacreonte, pidió vengar su muerte a manos de unos ladrones y las grullas cumplieron. Grullas que anuncian un invierno que se presenta hecho de anoraks de niños, de charcos y de grullas, y que comparten el cielo de la gran ciudad con las gaviotas que llegaron hasta aquí para que no nos olvidemos del mar. Grullas de mirar al cielo y decirle a los niños “¡Mirad, niños, las grullas!”, y de fantasear con la idea de si habrán entrado por los rasos de Valcarlos y habrán sobrevolado los bosques de Ibañeta que ya imagino vestidos de otoño desde este Madrid donde todo es cristal, antenas y asfalto.
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