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"El gas ha sido barato porque a los países que lo poseen les ha interesado hasta la fecha. La Unión Europea se ha dado cuenta de ello demasiado tarde"

Avatar del undefined ÍÑIGO GALLEGO04/11/2022
Concluye en estos días un mes de contrastes. En España, la inflación se ha suavizado hasta un IPC de un 7,3% en el mes de octubre más cálido del que queda constancia. Dos hechos tan aparentemente distantes probablemente no lo estén tanto. Tal y como afirma el INE en su nota de prensa, la bajada de precios se debe “principalmente a la electricidad […] y al gas”, que han bajado su precio, frente a la subida del año anterior. ¿Por qué?
Siguiendo las insoslayables reglas del mercado, ha bajado el precio del gas porque así lo ha hecho su demanda: las temperaturas de este mes han hecho innecesario el uso de calefacción. Por otro lado, las muchas horas de sol que han incidido sobre nuestro país en las últimas semanas, unidas al fuerte viento que ha soplado durante varios días, han derivado en una mayor contribución de las renovables al mix energético; desplazando con ello a las energías de respaldo, como el gas. Todas ellas son buenas noticias. Todas ellas son también coyunturales. Y todas ellas cesarán a lo largo del invierno.
¿Qué conclusiones se pueden extraer? La primera es evidente: la desmitificación del gas como fuente de energía barata. Este mantra, que ha guiado a múltiples gobiernos europeos durante décadas -excepto, tal vez, al francés-– es falaz por una sencilla cuestión: un mercado imperfecto, no regulado, dependiente de si a un neozar le viene en gana o no extender su anhelado imperio. El gas no es barato per se, ha sido barato porque a los países que lo poseen les ha interesado hasta la fecha. La Unión Europea se ha dado cuenta de ello demasiado tarde, tal y como hemos podido percibir estos meses.
Simétricamente, hay que desmentir también que las energías renovables sean “costosas”, pese a lo mucho que se ha repetido durante años. Es cierto que requieren una gran inversión inicial; es cierto que la tecnología ha sido embrionaria hasta hace unos pocos años; como también lo es que, hoy por hoy, la mayor participación de estas fuentes contribuye a descender el precio de la luz. El concepto de “renovable” alude directamente a la imposibilidad de que el precio -de producción- sea manejado por intereses espurios, puesto que el recurso es prácticamente infinito (otra cosa es su comercialización).
En este punto es difícil entender que los países no hagan todo lo que esté en su mano por colmar sus superficies de captadores solares y aerogeneradores. Solo se explica por intereses económicos y geopolíticos que poco o nada tienen que ver con el objetivo de obtener energía limpia y barata. La Unión Europea debe abandonar complejos y asumir que abarca más de cuatro millones de kilómetros cuadrados. En ellos sopla viento e incide el sol. Los países del sur de Europa, a menudo menospreciados por los halcones, deberíamos hacernos valer en estas cuestiones, en las que gozamos de ventaja competitiva.
No obstante, surge la problemática de la disponibilidad del recurso: no siempre sopla el viento ni hay sol; mejor dicho, no siempre que nos viene bien y en la medida en que nos viene bien. Y aquí sí es de justicia reconocer el extremo al que no ha llegado la tecnología: el almacenamiento. Los acumuladores no son potentes y son caros (de momento): este es el cuello de botella al que se debe hacer frente. Para ello, debe contarse con energías de respaldo. La UE, consciente de ello, ha querido lavar su conciencia denominando como energías “verdes” al gas y a la energía nuclear, entendiéndose desde una perspectiva ecológica. ¿Lo son?
El gas, al igual que cualquier combustible, genera dióxido de carbono al ser quemado. No es una energía verde. Es un combustible fósil, finito, contaminante y oligárquico. La energía nuclear requiere un debate mucho más profundo. Es una fuente no renovable, finita. Es un parche. Sin embargo, es un parche que puede frenar en cierta medida el desangramiento de carbono que sufre la Tierra y que inunda su atmósfera de gases de efecto invernadero, porque la producción de energía nuclear no los emite. Sí la construcción de sus centrales, pero al igual que la de cualquier infraestructura (incluso la de aerogeneradores y placas solares). Desde luego, me parece que la energía nuclear debería ser considerada como una energía de respaldo mucho más deseable que la del gas. Decíamos al comenzar que el gobierno francés era de los pocos que no se había entregado al gas de Putin. Según DatosMundial, su producción de electricidad está sustentada en un 50% por energía nuclear, en un 17% por combustibles fósiles y en un 19% por renovables. En el conjunto de Europa, los porcentajes respectivos son 7% de nuclear, 50% de fósiles y 19% de renovables. La inflación en Francia es de las más bajas de la UE. No hay más preguntas, señoría.
Íñigo Gallego es socio de Equipo Europa Navarra
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