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"El arte es un modo de conocimiento si nuestra mirada está predispuesta al sombro, tal como aconsejaba Van Gogh"

Roberto Valencia (Pamplona, 1972) ya nos sorprendió como narrador con su libro de relatos Sonría a cámara (Lengua de Trapo) y la novela Al final uno también muere (La Navaja Suiza). Su obra como crítico literario está a la altura de los más conspicuos reseñistas. En la última editorial madrileña, pequeña pero exigente, acaba de editar el ensayo Palacios, hangares y cuevas que se presentó el martes con aforo completo en el Museo de Navarra. No estamos ante un manual para visitantes de museos al uso, sino que el autor adopta una mirada personal, aguda y culta para ensayar puentes entre las obras que albergan doce museos europeos y el visitante del siglo XXI. El Museo del Louvre, El Museo del Prado, la casa museo de Anna Frank, el arte parietal de Pair-Non-Pair o el más próximo Museo Oteiza, comparecen en capítulos a los que el autor asigna un descriptor que trenza el hilo conductor de la lectura. Del “Todo”, que se asigna al Louvre pasamos a la “Nada” de la antigua casa de Anna Frank, para continuar con el “El vacío ante el hueco” que nos introduce en la obra de Oteiza. Como todo texto, este presenta un subtexto que es explicitado. El busto de Nerfetiti, conservado en el Neues Museum, invita a preguntarse por el concepto de poder y el paso del politeísmo al monoteísmo, o por la milagrosa belleza de una mujer que nos observa desde un pasado infinito. Las pinturas rupestres le dan pie para preguntase cuándo nace el arte y cómo los neanderthales se reivindicaron como criaturas poéticas. El Prado es punto de arranque para describir la conmoción ante lo atroz y el punto y aparte que clavó Goya para señalar el camino al arte futuro. Un ensayo brillante y personal. Nadia, la hija del autor, firma los precisos dibujos a lápiz que ilustran cada capítulo. Roberto Valencia amplía nuestra mirada con una escritura muy estimulante y evita el didactismo facilón. En efecto, el arte es un modo de conocimiento si nuestra mirada está predispuesta al sombro, tal como aconsejaba Van Gogh.
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