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Se le tachaba de “facha” y “señoro” por quienes no habían leído ni una de sus novelas

Papa quienes nacimos en las décadas de los sesenta y setenta, y que empezamos a gatear literariamente en los ochenta, Javier Marías, junto a Antonio Muñoz Molina, fueron los herederos del fuego sagrado cedido, muy a su pesar, por Camilo José Cela, Francisco Umbral, Juan Marsé… Unos querían matar al padre y los otros devorar al hijo. Lo de siempre, vamos. Se denostaban en público y en privado. Los dos primeros escribieron auténticos libelos; tampoco los jóvenes consagrados se quedaron mancos. En su día vi flotar a Javier Marías (sus libros, se entiende) ahogado boca abajo entre el verdín de la piscina de Umbral. “Angloaburrido”, lo llamaba. Tardé en apreciar su obra y aunque debo decir que nunca estuvo entre mis autores de cabecera, su obra literaria fue inmensa. Sus artículos periodísticos me gustaban más por sus ideas que por su estilo, siempre moroso, un poco redundante y alambicado. Los cien metros no eran su distancia, pero cada una de sus novelas eran un acontecimiento, especialmente a partir de Corazón tan blanco (1992), bendecida por Ranicki, el temible pope de la crítica literaria en Alemania, quien llegó a romper frente a las cámaras una novela de Günter Grass. Vendió más de dos millones de ejemplares de una novela de verdad, escrita sin los asuntos y recosidos oportunistas de los bestseller. Por esas fechas asistí a un seminario sobre traducción que Marías impartía en un máster de Estética y Teoría de las Artes. Distante, con el rostro borroso, como si hubieran pasado sobre él una goma, se esforzó ante unos estudiantes resabiadetes y bastante insoportables. Éramos veinte paletos con ínfulas. En los últimos años, ya algo crepusculares para su obra, se le tachaba de “facha” y “señoro” por quienes no habían leído ni una de sus novelas. Daban ganas de decir: “¡Quita tus sucias manos sobre Mozart!”, como el título de aquella novelita de Manuel Vicent. Más que un Premio Nobel que ya no obtendrá, y que lejos de acallar voces las habría exacerbado, a mí me da pena su muerte.
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