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"He vuelto a Biriatou esta mañana de agosto, y la estela que recuerda a Jorge Semprún sigue allí"

Avatar del Pedro CharroPedro Charro29/08/2022
He vuelto a Biriatou esta mañana de agosto, y la estela que recuerda a Jorge Semprún sigue allí, mirando al Bidasoa que baja escuálido hacia el mar, recordando a este hombre que quiso en vano ser enterrado aquí, en la frontera, el lugar desde donde miraba al otro lado del río conteniendo el aliento, antes de entrar clandestinamente en España enviado por el PCE. Eran los años 50, y se jugaba el tipo, pero antes ya se lo había jugado, muy joven, cuando entró en la resistencia francesa y tras ser detenido fue enviado al campo de Buchenwald por los nazis. El año 63 Semprún fue expulsado del PCE y recuperó su vocación de escritor y pudo narrar algo que le parecía dolorosamente imposible: sus días en Buchenwald, pues, como expresó en uno de sus libros tuvo que elegir entre la escritura y la vida. Semprún, que conocía la realidad de España, donde había esquivado a la policía durante 10 años y reclutado a mucha gente valiosa como Pradera, Múgica, Celaya, Tamames, se enfrentó a Carrillo y compañía que vivían de bellas teorías revolucionarias que desconocían la realidad de un país sin libertad, pero en pleno desarrollismo franquista, y que no quería volver a las andadas. Además, había mirado de frente a la dura realidad del comunismo que estaba empezando a conocerse: los crímenes de Stalin, el Gulag, la evidencia de que todo aquello era muy parecido al horror nazi. Desde entonces fue un socialdemócrata convencido, y hasta terminó siendo ministro. Quizás entre todos los intelectuales españoles de su época Semprún sea el más brillante, el que combinó acción y escritura, el que no hizo ascos al cine, el que tuvo un relieve a escala europea, el más libre y el que más puede servirnos en este momento. Semprún, que vivía en París y escribía en francés, nunca quiso perder la nacionalidad española, fue un español disidente, al margen, un afrancesado, tal como se llamó desde tiempos de Goya y Moratín a quienes luchaban por llevar al país a la modernidad: exiliados, extranjeros a quienes España dejó de lado, pero ellos no la pagaron con la misma moneda. 
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