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"La guerra de Ucrania está teniendo efectos más allá de la región en la que se libra, alterando el equilibrio de poder global"

Avatar del Salvador SánchezSalvador Sánchez25/08/2022
Se acaban de cumplir seis meses desde el comienzo de la invasión rusa de Ucrania, dando la razón a quienes, después del fracaso del plan original ruso para lograr una victoria relámpago sobre Kiev, previeron un conflicto largo cuya resolución, a finales de agosto, se antoja incierta y aún lejana. En el plano militar, la guerra parece haber alcanzado una situación de equilibrio en la que ambos bandos sólo son capaces de lograr ganancias territoriales menores que distan de ser decisivas. Rusia avanza lentamente en el control de la región del Dombás, pero no parece estar en condiciones de articular una ofensiva amplia que rompa ese equilibrio a su favor y le otorgue el control del territorio ucraniano al que aspiraba al principio de la guerra. Ucrania, en defensiva, mantiene sus posiciones con dificultad, y presiona en el frente Sur tratando de recuperar el control de la ciudad de Kherson, en manos rusas desde los comienzos de la guerra sin que, hasta el momento, haya culminado con éxito su empeño. En estas condiciones, y si no median otros elementos, el conflicto puede alargarse aún bastante tiempo.
Dentro de este impasse, y aunque desde algunos puntos de vista pueda considerarse decepcionante, la ayuda que recibe de Occidente en forma de material, adiestramiento militar y, cabe sospechar, inteligencia de contacto y en profundidad, está permitiendo a Ucrania concebir y ejecutar acciones cada vez más complejas y resolutivas como las que ha llevado a cabo recientemente en la retaguardia rusa en Crimea o incluso, si se llegara a confirmar la autoría, en Moscú, donde un atentado con coche-bomba ha acabado con la vida de Daria Duguina, hija de Alexandr Duguin, ideólogo de cabecera de Vladimir Putin.
A nivel estratégico, la situación del conflicto está teniendo unas consecuencias cuyo alcance real no se puede aún vislumbrar. Mientras que las sanciones parecen no haber hecho mella en la voluntad rusa, el alza del precio de la energía, atribuible en gran medida a la guerra, está sumiendo Europa en una crisis inflacionista cada vez más preocupante que puede comenzar a abrir grietas en la frágil unidad forjada en apoyo de Ucrania. El desinterés y la fatiga comienzan a cundir en la opinión pública occidental ante una guerra que no parece resolverse y, aunque formalmente manteniendo su apoyo, muchos en Occidente querrían ver cuanto antes un cese del conflicto que normalice la situación internacional, incluso si ello ocurre a costa de pérdidas territoriales ucranianas.
La guerra está teniendo efectos más allá de la región en la que se libra, alterando el equilibrio de poder global y afectando al cálculo estratégico de algunos actores del sistema internacional. La inusitadamente airada respuesta que ha dado Beijing a la reciente visita de Nancy Pelosi a Taipei denota que, al margen de consideraciones domésticas, Beijing considera que la relación de fuerzas con Estados Unidos está cambiando a su favor; más, ahora que Washington tiene el foco de su atención puesto en una guerra en Europa.
En un escenario como el actual, la negociación parece la opción más realista, aún estándose bastante lejos de un acuerdo entre las partes. Ucrania es optimista y no renuncia a recuperar todos los territorios actualmente en manos rusas, lo que está en línea con quienes rechazan negociar paz por territorios con el argumento de que hacerlo supondría legitimar ganancias territoriales por la vía de la guerra. Rusia, por razones estratégicas y de reputación, no parece que vaya a aceptar motu proprio la entrega de los territorios que controla en Ucrania; nadie inicia una guerra pensando en terminarla en condiciones peores que las existentes al comenzarla. Tal como están las cosas, la negociación parece todavía, por tanto, una opción remota. Llegar a ella en la actual situación de tablas requiere, probablemente, un cambio en las condiciones políticas internas en Rusia y, desde luego, el impulso de la comunidad internacional.
Si la situación evoluciona en favor de Rusia, es plausible pensar que Putin, salvado su prestigio, se avenga a negociar con un Zelenski sometido a presión internacional para aceptar algunas pérdidas territoriales. Si, por el contrario, Ucrania -algo que parece improbable en este momento- fuera capaz de arrebatar la iniciativa a los rusos y llevar a cabo una ofensiva amplia, Estados Unidos -y, en general, Occidente- se vería obligado a decidir hasta dónde acepta llevar el avance de Zelenski, comprendiendo que cualquier intento de desalojar a Rusia de Crimea o del Dombás podría servir a Putin para justificar una escalada al campo nuclear. También en este escenario, la negociación se abriría paso como la opción preferible.
Una de las cuestiones más difíciles en cualquier guerra es la de determinar el sentido del término “victoria”. Sea cual sea el que se le dé en ésta, resulta fundamental acometer los esfuerzos para lograrla con la idea de hacer que sirva, como decía Liddell Hart, como instrumento para alcanzar una paz mejor, no como semilla de un nuevo conflicto.
Salvador Sánchez Tapia. General de brigada y profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de Navarra
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