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"Esperar a que arda el bosque para adoptar medidas denota una alarmante desidia en el uso de la principal herramienta en este terreno: la prevención"

Avatar del Editorial DNEditorial DN23/08/2022
El verano más cálido y seco de la historia reciente ha traído restricciones de agua y causado severos destrozos a la agricultura y la ganadería, con cuantiosas pérdidas en las cosechas que recrudecen los problemas económicos del sector y redundarán en un alza adicional de precios. Las altas temperaturas, la ausencia de lluvias durante meses y la baja humedad han propiciado un espectacular aumento de los incendios en número y magnitud, hasta el extremo de que este año será probablemente el peor del siglo en esa materia. La superficie forestal arrasada hasta mediados de agosto, según datos oficiales, rozaba las 230.000 hectáreas, cuatro veces la media de la última década, a las que hay que sumar las más de 30.000 calcinadas en Bejís y localidades limítrofes, visitadas ayer por Pedro Sánchez, quien anunció la declaración de zona catastrófica de los territorios más afectados. En Navarra, aproximadamente 15.000 hectáreas resultaron calcinadas el pasado mes de junio en la peor ola de incendios sufrida en la Comunidad foral. La virulencia con la que se ha manifestado el problema refleja un sistemático descuido de los entornos naturales que interpela a las administraciones en el ámbito de sus competencias y que es obligado corregir. Esperar a que arda el bosque para adoptar medidas denota una alarmante desidia en el uso de la principal herramienta en este terreno: la prevención. Una gestión planificada de bosques y montes que ayude a evitar hasta donde sea posible futuros incendios y, si se dieran, a amortiguar al máximo sus daños. Es decir, lo que se ha echado en falta en poblaciones de la España vaciada y también abandonada que ha sufrido las mayores catástrofes este verano. Resulta indiscutible que las excepcionales circunstancias meteorológicas han agravado la situación. Pero si no hubiesen coincidido con unas condiciones propicias para desencadenar fuegos y propagarlos, el resultado final habría sido otro bien distinto. Esa labor de protección del ámbito forestal es tan poco vistosa como esencial. Los poderes públicos han de tomar nota de ello y dedicarle los recursos necesarios.
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