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Historias familiares

El abuelo de Ulises navega de nuevo

Ampliar El 10 de octubre de 1982, cuando yo sumaba 6 años y mi hermana acababa de cumplir su primer mes de vida, TVE comenzó a emitir la serie de dibujos animados en la sobremesa de los sábados ‘Ulises 31’, una versión futurista de la historia de la mitología griega. El héroe Ulises comandaba la nave espacial ‘Odisea’ y rescataba a un grupo de niños, entre ellos, su hijo Telémaco. Todos vagaban por el espacio, en una represalia del dios Zeus. Un castigo que les impedía regresar a casa. Una historia que, confieso, me angustió bastante a esa edad.
El 10 de octubre de 1982, cuando yo sumaba 6 años y mi hermana acababa de cumplir su primer mes de vida, TVE comenzó a emitir la serie de dibujos animados en la sobremesa de los sábados ‘Ulises 31’, una versión futurista de la historia de la mitología griega. El héroe Ulises comandaba la nave espacial ‘Odisea’ y rescataba a un grupo de niños, entre ellos, su hijo Telémaco. Todos vagaban por el espacio, en una represalia del dios Zeus. Un castigo que les impedía regresar a casa. Una historia que, confieso, me angustió bastante a esa edad.DN
  • Sonsoles Echavarren
Publicado el 21/08/2022 a las 06:00
Mi hijo pequeño y mi sobrino Mateo, de 8 y 9 años, llevan cinco días recorriendo Portugal con mi padre. Sin preocuparse de lavarse los dientes o cambiarse de calzoncillos (¡qué felicidad no tener a sus madres pesadas encima!), desayunando helado, comiendo gofres, cenando hamburguesas y sobre todo, bebiendo una experiencia burbujeante y a grandes sorbos. Una oportunidad que no volverá a ser igual en ningún momento de sus vidas. Aunque de adultos tengan ocasión de viajar y recorrer mundo. No. El de ahora es un viaje irrepetible por muchos factores. Porque mi padre ha tenido la gran suerte de replicar por tercera vez (ya lo hizo en su momento con mis hijos mayores) esta aventura iniciática que regala a sus nietos el año en el que cumplen 9, cuando, según él, alcanzan el uso de razón (yo tengo mis dudas sobre lo de la razón pero no se lo discuto). Porque esta vez, la experiencia ha sido conjunta para dos primos de la misma edad. Y porque, aunque parezca que no se enteran de nada (estoy segura de que mi hijo no sabe si atraviesa un puente en Oporto o visita la cárcel de la Universidad de Coimbra), están llenando una mochila de experiencias impagables. Y no me refiero, por supuesto, solo a lo económico. Sino a lo espiritual. A lo emocional. A lo intelectual. A lo convivencial. A todas aquellas vivencias que son lo único que importa en la vida. Leo en el diccionario de la RAE la definición de iniciático: “perteneciente o relativo a una experiencia decisiva o a la iniciación en un rito”. Y encuentro otras ideas sobre los viajes iniciáticos: “historias en las que el individuo está en una situación hostil y adversa, que le hará madurar como persona”. Como las que atravesaron Ulises en ‘La Odisea’ de Homero, el Quijote de Cervantes o el Hobbit de Tolkien. Dudo mucho de que mi hijo y mi sobrino sufran una situación adversa, en una barra de libre de caprichos gastronómicos, pero sí que coincido en que hay que aplaudir al abuelo de Ulises una vez más. Por enseñarles tantos lugares y monumentos. Pero, sobre todo, por darles la oportunidad de convivir y mostrarles de qué va eso de la vida.
El ‘wasap’ de la familia echa humo con fotos de los niños en el hotel, en un tren, en una heladería o disfrutando sin ningún temor del agua helada de las playas atlánticas. Y mientras deslizo mi pulgar de arriba abajo de la pantalla, con una sonrisa bobalicona, pienso que cada uno de nosotros hemos viviendo un viaje iniciático en algún momento de nuestras vidas. Como el que está empezando ahora el hijo de nuestros amigos en Estados Unidos. Donde va a vivir un año, aislado en una granja, lejos de su familia y amigos; a miles de kilómetros de todo lo conocido. Una experiencia, que aunque muy dura al principio, supondrá la mayor aventura de su vida y la que contará después a sus hijos y hasta a sus nietos. Como hago yo con los dos meses que disfruté de la Ruta Quetzal, hace ahora veintinueve años. Unas peripecias que mis hijos escuchan con cariño pero de las que, creo, están más que hartos. “Que sí, mami, que ya nos has contado que en Guatemala se os inundó la tienda de campaña y que los calcetines que olían tan mal flotaban por ahí esa noche. Que sí, que comíais a diario frijoles y que tenías que hacer caca en unas letrinas en el barro. Que sí...” Pues eso.
En décadas pasadas, los hombres vivían su viaje iniciático en la ‘mili’. Unos meses que para algunos suponían un salto mortal. Un giro copernicano en que salían por primera vez de casa, quizá conocían el mar, puede que aprendieran a leer o escribir... Mi abuelo paterno experimentó esa experiencia con su gran amigo de la infancia, vecino de la aldea, cuando a los 18 años a los dos los reclutaron para ir a la guerra, en julio de 1936. Parece increíble que una experiencia tan terrible como la bélica fuera para él tan reveladora y que hablara de esos días casi hasta el momento de su muerte. De anécdotas graciosas (les daban una lata de sardinas y se las tenían que ingeniar para abrirla). O de experiencias mucho más duras, que se graban a fuego, como las herraduras que ponía entonces su padre a los caballos y las yeguas del valle. De dramas como que su amigo perdiera una pierna con 18 años y quedara mutilado. Lo que mi abuelo no sabía entonces es que esos dos bisnietos a los que nunca conoció compartirían con su hijo mayor su propio viaje iniciático. Esos días de anécdotas que seguramente relatarán también ellos a sus nietos en un futuro que ahora se me antoja muy lejano. Pero que llegará.
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