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"La tarde calurosa iba cayendo y todo el alrededor de la Cruces estaba amarillo, deslucido, sediento"

Avatar del Pedro CharroPedro Charro08/08/2022
En la tarde calurosa bajé hasta el frescor del río y desde el lavadero fui recorriendo la orilla al abrigo de los altos chopos que el viento hacía oscilar, hasta que, sin proponérmelo, mis pies me llevaron hasta la esbelta pasarela de madera que cruza el Arga y más allá hasta al Alto de la Cruces, ya en término de Ibero, donde hay un pequeño parque de la memoria -exhumado en 2016- que recuerda a las varias decenas de hombres que fueron allí fusilados en el comienzo de la guerra civil, parece que más de 70, pues el alto está a un paso de Pamplona, y debía ser un lugar cómodo para aquella siniestra labor. Allí acabaron quienes, reducidos en la calle o sacados de su casas o de la prisión aquellos día aciagos no obtuvieron piedad. Entre ellos están nombres como el del cantero tafallés Gregorio Angulo, fundador del socialismo navarro -a cuya talla cívica y moral, como a toda esa época, han dedicado páginas Ángel García Sanz y Víctor Manuel Arbeloa-, que fue traído desde Ponferrada donde había intentado en vano escapar, y Tiburcio Osácar, el impresor que puso en marcha varios periódicos, en especial ¡Trabajadores!, órgano de la UGT, entre otras víctimas anónimas, cuyos nombres y fechas constan en una placa. Son todos hombres, en su mayoría jóvenes, de Pamplona y de otros pueblos, a quienes se arrebató la vida de mala manera y sin razón; republicanos, socialistas, ante todo españoles, que posiblemente antes de morir vieron matar a sus compañeros. La tarde calurosa iba cayendo y todo el alrededor de la Cruces estaba amarillo, deslucido, sediento. Al fondo se veía la mole de los montes que parecía respirar fatigados. Por la carretera pasaron unas motos haciendo ruido, y después un grupo de ciclistas entre la bruma que ascendía del asfalto. El día se iba ya, desfondado, pero el pequeño parque con su monolito de piedra parecía ajeno a todo, fuera del tiempo, señalando una vieja herida. La que nos recuerda que algo así nunca puede volver a ocurrir. Que el odio político de cualquier signo no puede prevalecer.
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