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El rincón

Luces y sombras sanfermineras

En medio del buen ambiente festivo, sobresale el contraste del discurso del odio emboscado en la calle Curia

Ampliar Miles de personas llenaron las calles del Casco Viejo de Pamplona en la procesión de San Fermín
Miles de personas llenaron las calles del Casco Viejo de Pamplona en la procesión de San Fermínjesús garzaron
Publicado el 10/07/2022 a las 06:00
Los  primeros Sanfermines tras la pandemia discurren entre las luces del ambiente festivo, sano, largamente acariciado, y las sombras que producen los rescoldos del odio y la intolerancia política.
Reencuentro festivo. Pamplona se ha reencontrado con sus fiestas con el ansia y las ganas de las citas largamente planeadas, truncadas luego y de nuevo renacidas. Y lo ha hecho hasta con pura necesidad.
El descorche de la botella de champán que son los Sanfermines, ha sido ruidoso, sabroso y dulce. Se palpa en cada rincón. En medio de una guerra en plena Europa, con la séptima ola de la covid galopando y el bolsillo en un temblor por culpa de la subida de los precios, todo pasa a segundo plano por unos días para que la vida se deslice por esa vía de escape emocional y física que es la fiesta. Esa que cualquier estudioso social recuerda que es más sanadora que la mejor de las pastillas. El mejor tratamiento contra la ansiedad colectiva que nos han diagnosticado tras la pandemia.
En este arranque, la ciudad, disfrutona, orgullosa, ensimismada, se ha encontrado con su Santo, sus Gigantes, sus encierros, sus corridas, sus almuerzos, su poteo, su música. Consigo misma. Cada esquina es un punto de encuentro, una oficina de turismo improvisada con un pamplonés al frente dando consejos a los visitantes.
El discurso del odio emboscado en la calle Curia. Pero las sombras son también muy visibles y dolientes, aunque las protagonice tan solo una minoría radical de la izquierda abertzale.
En medio del buen ambiente, sobresale todavía más el puro contraste del discurso del odio emboscado en la calle Curia con el ayuntamiento y el cabildo como destinatarios. Objetivos selectivos, por supuesto, porque las agresiones y los insultos se condensan sobre los mismos, los ediles de Navarra Suma y el PSN y los representantes religiosos. Nadie se merece ese momento, y menos los representantes democráticos de la mayoría de la ciudad.
No es la muestra de absoluta intolerancia lo que asusta, que también. Es la convicción de que sus autores exhiben la violencia verbal y física convencidos de su impunidad, a plena luz del día y arropados por un amplio grupo vociferante. Una escena fuera del tiempo y del espacio al que aspiramos. Puro pasado que se hace presente para recordarnos que los rescoldos del odio siguen vivos.
Porque en Pamplona siempre ha habido un sector político, como Bildu, que usa la fiesta como escaparate. Puede gustar poco o nada de nada este comportamiento, pero debieran ser los primeros interesados en marcar, de verdad, su repudio a las agresiones. Y no sólo con palabras.
Ecos del pasado que regresan. En unos días en que se conmemoran los 25 años del asesinato de Miguel Ángel Blanco, ese crimen del concejal del PP que conmocionó y paralizó España, nos damos cuenta de que hay ecos del pasado que regresan. Que extirpar el odio es una tarea pendiente en algunos ámbitos de la izquierda abertzale radical.
En momentos, además, de pura confusión moral. Con un PSOE pactando el relato de la Transición con Bildu, que todavía ha sido incapaz de condenar a ETA. Inconcebible pero real. Lo evidente es que sigue siendo necesaria la rebelión ciudadana contra la intolerancia y la violencia.
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