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¿Época de cambios o cambio de época?

Avatar del Jesús María OsésJesús María Osés02/07/2022
Situémonos en los años 1960-75. En España la sociedad iba por delante en ideas y apertura de mente de los gobiernos del Caudillo. Unos cuantos hijos de “la clase obrera” tuvimos la suerte de “colarnos” en una institución que, más menos hasta entonces, estaba reservada a los jóvenes con alto nivel económico: la universidad. Es más: los pocos – y mucho menos las escasas mujeres– que llegamos a ella recibíamos becas del propio Estado.
Entonces no se hablaba “del ascensor social” de los universitarios, pero los que logramos con esfuerzo terminar los estudios salíamos a un mercado amplio que necesitaba a todos aquellos/as que conseguían su licenciatura o su ingeniería. Tuvimos suerte al encontrarnos un país que estaba en pleno esfuerzo para alcanzar una forma de vida diferente a la que se había vivido los anteriores 30 años. Y un título de licenciado o de ingeniero te facilitaba la posibilidad de encontrar trabajo bastante adecuado a la carrera que habías elegido. O sea: los dioses del Olimpo – el puro azar – nos hicieron dos regalos maravillosos y de gran importancia.
El primero fue que cada uno de nosotros llevaba en la frente el sello de ser el primer titulado superior de la familia. Tal hecho desbordaba los límites que hasta entonces habían sido infranqueables para la mayoría de la población, sobre todo si provenías de los pueblos. La clase humilde veía hecho realidad el sueño para sus hijos de una educación superior que había supuesto una firme resistencia económica (no intelectual) durante cinco años habitualmente fuera de casa. La pancarta imaginada de cualquiera de nosotros podía ser aquella idea tan repetida por nuestros mayores: que el hijo – y no tanto la hija por viejos prejuicios – no trabaje en las mismas tareas que los padres.
El segundo regalo fue obsequio del momento: entre los años 65-75 el desarrollo del país fue impresionante. Las migraciones intranacionales habían alterado las grandes ciudades del país y las empresas e industrias más avanzadas necesitaban especialistas y cuadros profesionalmente preparados para su espectacular desarrollo. A su vez, la enseñanza necesitó en todos sus ámbitos miles de profesores. Aquello fue una locura de la que muchos de nosotros no éramos muy conscientes, pero lo cierto es que, en buena medida, las aspiraciones de nuestros padres se cumplieron con creces. Muchos de aquellos muchachos y muchachas fuimos directamente al sector de los servicios, “desclasándonos” como querían nuestros padres. Pasamos de la clase baja a una clase media que se ensanchaba por momentos. Por tanto fuimos hijos construidos por las aspiraciones de unos padres que batallaron hasta el límite para convertir su sueño en realidad. Fueron, por tanto, meras coincidencias. Las consecuencias también se manifestaron pronto. En el ámbito de la educación es como si, una vez que uno ha llegado, la prole siguiente también tenían que hacer al menos lo mismo: llegar a la universidad.
Pero ahora estamos en 2022: 50 años después, y casi todo ha cambiado. El ministro Subirats dijo que lo que está ocurriendo no es una época de cambios, sino un cambio de época. Y la mayor parte de la gente enfrentamos la nueva época con las ideas, los valores, los usos, las costumbres y el lenguaje de la época ya vivida pero que no nos sirve en la actualidad. Los cambios de época son tan radicales que exigen tiempos de adaptación y, como experimentamos ahora, parte de los humanos somos reacios a aceptar lo que ya está en marcha y lo que se avecina.
Hace pocos días, Diario de Navarra organizó un meeting para informar y debatir sobre la importancia de la comunicación para el marketing empresarial. Agradezco que me invitaran porque viví allí ese cambio de época. Conforme las exposiciones y los debates fueron sucediéndose, me quedé un tanto perplejo. Muchas palabras y conceptos comienzan a ser ininteligibles para, al menos, un tercio de la gente. Nos hablaron de la tecnología blockchin, que es pionera en el ámbito del metaverso y que, según nos explicó Javier San Juan Pavón “es algo tan revolucionario que va a cambiar el mundo tal y como lo conocemos” dado que sus características son su inhackeabilidad y su descentralización; nos informaron de las colecciones NFT; de la WEB 3.0, que tiene la virtualidad de que los que la utilicen no tiene por qué dar ningún dato sobre su identidad con lo cual las agencias privadas no podrán manejar los datos para su beneficio: en fin, un camino sin retorno y todavía sin datos fehacientes.
Pero Javier San Juan nos dijo que en estos momentos, más que la pura tecnología que camina a marchas forzadas, lo que les está costando más es “introducir en la sociedad los conceptos como blockchain, wallet, criptomonedas, etc. porque la gente tiene miedo a lo desconocido”. Y terminaba así: “El verdadero reto que hay sobre la mesa es facilitar la entrada al gran público a toda esta tecnología; conseguir una adaptación masiva y que la gente empiece a utilizar estas tecnologías”. Es posible que estemos en los umbrales y de verdad no en una época de cambios (que también) sino en un cambio de época. Ya hemos conocido por los libros otras de estas épocas como la revolución industrial y la del sector servicios. Nos toca ahora afanarnos con otra de gran calado y vigilar para no perder la condición humana.
Jesús Mª Osés Gorraiz Profesor de Historia del Pensamiento Político en la UPNA
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